La noche llegó. El cielo se puso azul oscuro, y la luna asomó detrás de una nube. El pequeño cervatillo Rudy estaba acostado en su cama de hierba suave. Tenía los ojos muy abiertos, y su colita no paraba de moverse.
— Duerme, Rudy —susurró mamá cierva, le arregló la manta de hojas y se fue.
Pero Rudy no podía dormir. Se daba vueltas de un lado a otro. ¿Contar ovejitas? No, qué aburrido. Rudy empezó a recordar… las cosas buenas que había hecho ese día.
Por la mañana: había compartido su jugosa manzana con el erizo Pinchitos. ¡El erizo se puso tan contento! Sus ojos brillaban. Rudy contó: ¡una!
Después: un conejito pequeño se había caído al arroyo. Rudy estiró su patita y lo ayudó a salir. El conejito agitó las orejas: “¡Gracias, Rudy!” Dos.
Otra cosa buena: una ardillita mayor no alcanzaba una nuez en una rama muy alta. Rudy saltó, la bajó con su patita y se la regaló. “¡Ay, qué ciervo tan bueno!” dijo ella. Tres.
Rudy recordó que le había cantado una nana a un pajarito que había perdido a su mamá. El pajarito se durmió en su mano. Cuatro.
Y al atardecer, ayudó a un topito a encontrar el camino a su casa. ¡Cinco!
El cervatillo bostezó. Con cada recuerdo, sentía un calorcito en el pecho. Su corazón latía despacito: pum-pum, pum-pum.
Rudy cerró los ojos. Las buenas acciones daban vueltas a su alrededor como lucecitas: una, dos, tres, cuatro, cinco… Las lucecitas se volvían más suaves, más calladas.
— Hoy he sido bueno —susurró Rudy, y se giró de lado. Cinco cosas buenas, cinco estrellitas en su corazón. Silencio. Solo la luna sonreía desde la ventana.
Y Rudy ya dormía. Feliz.