Había una vez una pequeña luciérnaga llamada Luci.
Tenía alitas suaves y patitas delicadas. Pero lo que más le preocupaba era su lucecita. La lucecita de Luci no era brillante como la de las demás luciérnagas; lucía suave y callada, como una estrellita en el cielo.
—¿Por qué mi luz es tan tenue? —suspiraba Luci—. Todas las luciérnagas brillan fuerte, y yo… ¡me da vergüenza encender la mía!
Una noche, sus amigas luciérnagas se fueron a bailar. Daban vueltas en el aire, dejando estelas doradas. Luci se quedó en una hoja mirándolas. Quería unirse, pero temía que su lucecita no gustara a nadie.
De repente, todo se volvió oscuro, muy oscuro. Las nubes taparon la luna. Las luciérnagas volaron en todas direcciones y sus lucecitas se perdieron. Entonces se oyó un llanto suave.
—¿Quién llora? —preguntó Luci.
—Somos nosotras, las mariquitas. Nos hemos perdido y no encontramos el camino a casa. ¡Está todo tan negro!
Luci miró su lucecita. Brillaba suave, pero con cariño.
—Yo puedo ayudaros —dijo Luci—. Aunque mi luz no es muy fuerte, lo intentaré.
Y voló hacia delante. Su pequeña lucecita apenas iluminaba el sendero, pero las mariquitas la siguieron, porque hasta una luz pequeña es mejor que ninguna.
—¡Por aquí! —las llamaba Luci.
De pronto, el camino se estrechó. Luci iluminó con más ganas y su lucecita se volvió un poquito más brillante. Las mariquitas veían cada piedrita y cada brizna de hierba.
—¡Ya casi estamos en casa! —se alegraron.
Por fin vieron su casita bajo una seta grande. Mamá mariquita las esperaba en la puerta.
—¡Gracias, Luci! —gritaron las mariquitas—. ¡Sin ti nunca habríamos encontrado el camino!
Luci sonrió. Miró su lucecita. Ahora brillaba fuerte y cálida. Porque Luci había aprendido que su luz era especial. No deslumbraba, pero guiaba.
Esa noche, las luciérnagas volvieron a bailar. Y Luci bailó con ellas. Su lucecita brillaba suave, pero segura. Y las mariquitas, desde una hoja, miraban a la estrellita que volaba en el cielo.