Román el Caracol y el Escarabajo Perdido

Había una vez un caracol llamado Román. Nunca tenía prisa.

Los otros insectos corrían: «¡Más rápido! ¡Más rápido!». Pero Román avanzaba despacio, mirando a todos lados.

Un día, vio a un pequeño escarabajo sentado en una hoja. El escarabajo lloraba.

—¿Por qué lloras? —preguntó Román.

—¡Me he perdido! —sollozó el escarabajo—. Quiero ir a casa, pero no sé el camino.

—No te preocupes —dijo Román—. Yo te ayudaré.

Román empezó a caminar, y el escarabajo lo siguió.

Avanzaban muy lentamente. Román se fijaba en todo: una hormiga que llevaba una aguja, una mariposa posada en una flor, el sol que brillaba.

De repente, bajo una piedrita, Román vio un sendero conocido.

—Aquí estaba tu casa —dijo.

El escarabajo se alegró: —¡Sí! ¡La reconozco! ¡Gracias, Román!

El escarabajo corrió a su hogar, y Román sonrió y siguió su camino.

Él no tenía prisa. Veía todo: las hojas que susurraban, el sol que se ponía, las estrellas que se encendían.

Y Román sabía que, a veces, para ayudar, solo hace falta ir despacio.