En lo alto de las montañas vivía un pequeño dragón llamado Lumbre. Tenía alas de un rojo brillante y de su hocico salían lenguas de fuego caliente.
Lumbre quería tener amigos. Cada mañana bajaba al prado donde los animalitos jugaban.
—¡Buenos días! —decía Lumbre.
Pero los conejitos se escondían tras los arbustos. Las ardillas saltaban a las ramas más altas. Hasta los erizos, que son muy valientes, salían corriendo.
—¡Echa fuego! —susurraban los animalitos—. ¡Mejor alejarse!
Lumbre volvía triste a su cueva. Se sentía muy solo.
Una mañana de invierno oyó un pío muy suave. Junto a un viejo tronco había un pajarito diminuto. Se había caído del nido y tiritaba de frío. Sus alitas se estaban poniendo azules y su piquito temblaba.
—¡Ayúdame! —pió el pajarito—. ¡Tengo mucho frío!
Lumbre se asustó.
—Pero yo echo fuego —dijo bajito—. Todos me tienen miedo.
—Yo necesito calor —susurró el pajarito—. Me estoy congelando.
El dragón se acercó despacio. Sopló una llamita caliente en el aire, junto al pajarito. El calor lo envolvió.
El pajarito dejó de temblar. Sus alitas volvieron a ser rosadas.
—Un poquito más —pidió.
Lumbre se sentó a su lado y siguió soplando calor hasta que el pajarito estuvo calentito.
Detrás de los arbustos, los animalitos lo habían visto todo. La ardilla fue la primera en salir.
—¡Has salvado al pajarito con tu fuego! —dijo asombrada.
Los conejitos también salieron.
—Creíamos que el fuego daba miedo —dijo uno—. Pero es caliente y bueno.
—Depende de para qué se use —dijo Lumbre en voz baja.
La mamá del pajarito llegó volando y se lo llevó al nido. Gorjeaba alegremente dando las gracias.
Esa tarde, los animalitos invitaron a Lumbre al roble grande, donde todos escucharon cuentos antes de dormir.
El dragón se sentó en el círculo de sus nuevos amigos. Tenía el corazón caliente.
Y cuando oscureció y empezó a hacer frío, los animalitos pidieron:
—Lumbre, ¿nos calientas un poquito?
El dragón sopló contento su fuego caliente, y todos miraron las estrellas hasta que se durmieron con el suave susurro de las hojas.