En el bosque, cerca del Prado Arcoíris, vivía un unicornio llamado Arcoíris. Su cuerno brillaba con todos los colores del arcoíris y podía hacer maravillas.
A Arcoíris le gustaba presumir. Se acercaba a los animales y decía:
—¡Miren! ¡Puedo hacer que llegue la primavera en pleno invierno!
Y tocaba la hierba con su cuerno, y esta se volvía verde y florida.
—¡Miren! ¡Puedo crear un arcoíris!
Y en el cielo aparecía un arco de colores.
Los animales se asombraban, pero se iban. Arcoíris se quedaba solo. No entendía por qué.
Un día, llegó al prado un conejito llamado Pelusín. Era gris, normal, sin nada de magia.
—¡Hola! —dijo Pelusín—. ¿Quieres jugar conmigo?
Arcoíris se sorprendió.
—¿Ves mi cuerno mágico? ¿Quieres que te muestre un truco?
—No hace falta —sonrió Pelusín—. ¡Mejor vamos a jugar al escondite!
Arcoíris nunca había jugado al escondite. Siempre estaba ocupado con la magia. Pero Pelusín era tan alegre que el unicornio aceptó.
Corrieron entre los árboles, rieron, saltaron charcos. Arcoíris hasta se olvidó de su cuerno. ¡Se estaba divirtiendo como nunca!
Luego se tumbaron en la hierba y miraron las nubes.
—¡Esa nube parece una tortuga con alas! —señalaba Pelusín.
—¡Y esa, un helado! —reía Arcoíris.
Jugaron hasta el atardecer. Cuando llegó la hora de despedirse, Pelusín dijo:
—¡Me lo pasé muy bien contigo! ¿Vendrás mañana?
Arcoíris asintió. Tenía el corazón caliente y feliz.
Al día siguiente, Pelusín volvió. Y juntos construyeron una casita con ramitas. Luego cantaron canciones. Luego recogieron bayas.
Arcoíris notó que se acercaban otros animales: la ardilla Pelirroja, el erizo Espinosín, el osito Gruñón. Todos querían jugar juntos.
Ahora el prado se llenaba cada día de risas y voces alegres. Arcoíris casi no usaba su magia. Corría, saltaba, hacía amigos.
Y al anochecer, cuando todos se iban, Pelusín siempre decía:
—¡Hasta mañana, Arcoíris! ¡Eres mi mejor amigo!
El unicornio se acostaba feliz. Su cuerno brillaba suavemente en la oscuridad, pero eso ya no importaba. Lo importante era el calor en su corazón.
Arcoíris cerraba los ojos y sonreía, pensando en el día siguiente con sus amigos.