En lo alto de una nube vivía una pequeña copo de nieve. Se llamaba Copito.
Copito era blanco como el algodón. Tenía seis bracitos muy finos. Era el primer copo de nieve del año.
— Voy a caer solito a la tierra — suspiró Copito. — Allí hará frío y estaré solo.
La nube lo acarició con suavidad:
— No tengas miedo, ¡vuela!
Copito se desprendió de la nube. Empezó a dar vueltas en el aire. Un viento juguetón lo cogió y lo llevó hacia abajo.
— ¡Ay! — gritó Copito.
Voló y voló hasta posarse en la nariz caliente del conejo Peluchín.
— ¡Hola! — dijo el conejo. — ¡Qué bonito eres!
Copito se sintió feliz. ¡Ya no estaba solo!
Peluchín corrió por el bosque. Copito volaba a su lado. De repente, del cielo empezaron a caer otros copos. Uno, dos, diez, ¡muchos!
— ¡Hola, Copito! — gritaron. — ¡Somos tus hermanitas!
Los copos bailaban juntos. Se posaban en las ramas de los árboles. Se posaban en el pino verde. Cubrían la tierra con una manta blanca y suave.
Llegó el zorro Pelín corriendo. Ladró contento:
— ¡Nieve! ¡La primera nieve!
Llegó el carbonero Pío:
— ¡Qué hermoso!
Salió el osito Gruñón. Atrapaba copos con sus patas y reía sin parar.
Copito se sentó en una gran rama de pino. Junto a él se sentaron sus hermanitas. Eran muchísimas.
Abajo correteaban los animalitos. Saltaban y jugaban en la nieve.
— ¡Gracias, Copito! — gritó Peluchín. — ¡Nos has traído el invierno!
Copito sonrió. Sentía calor en el corazón. No estaba solo. Tenía a sus hermanitas a su lado. Abajo jugaban sus amigos.
El bosque se volvió blanco y mágico. Por todas partes había nieve blanda. Peluchín se metió bajo el pino y miró al cielo. Los copos caían suavemente, una y otra vez.
Copito cerró los ojitos. Descansaba en la rama junto a sus hermanitas. Todo estaba en calma y paz.