En el océano azul vivía una ballena muy grande. Se llamaba Tiplán. Era tan grande como diez elefantes, como cien delfines, ¡como una montaña!
Tiplán quería jugar con los pececitos, los cangrejos y las medusas. Pero cuando se acercaba, todos se escondían: "¡Ay, qué grande! ¡Tengo miedo!". La ballena se ponía triste. Solo quería jugar, pero todos le tenían miedo.
Una noche, Tiplán nadaba despacito, muy despacito. El agua estaba en calma. Solo la luna brillaba entre las olas. La ballena pensó: "¿Y si canto? No fuerte, sino suavecito".
Tomó aire y empezó: "Uuuuuuuu…". Era una canción baja y dulce. Flotaba en el agua como leche tibia.
La primera en oírla fue una pececita chiquitita. Dejó de moverse y se quedó quieta. Luego el cangrejo cerró los ojitos. La medusa empezó a girar muy despacio. Hasta el tiburón se calló.
"Oooooooo…", cantaba la ballena. Su canción abrazaba a todos. Los animalitos se acercaban. Ya no tenían miedo. Se sentían a salvo.
Tiplán cerró los ojos y siguió cantando. Todo el agua temblaba con su voz suave. Los peces se tumbaban en las olas como en camitas. Los cangrejos se escondían en la arena y bostezaban. En el océano todo quedó en silencio.
Y entonces — todos se durmieron. La ballena también se durmió. Su enorme corazón latía despacio, como un reloj.
Por la mañana, los pececitos despertaron y vieron a Tiplán. Dormía, y ya no le tenían miedo. Nadaban entre sus aletas como en una casita. "¡Buenos días, ballena!", susurraban.
Y la ballena sonreía mientras dormía. Porque al fin había entendido: no importa el tamaño, sino la canción que sale de dentro.