En una hoja verde vivía una pequeña oruga. Se llamaba Vica.
Vica gateaba por el tallo y miraba hacia arriba. Allí volaban abejitas, mariposas y libélulas. ¡Eran tan ligeras y alegres!
—Ay, ¡cómo quisiera volar! —suspiraba Vica—. ¿Por qué yo no tengo alas?
Pero las abejitas no la oían. Zumbaban y revoloteaban de flor en flor.
—Yo también quiero ser como ellas —susurraba Vica—. Pero yo solo gateo.
Un día, una vieja escarabajo le dijo:
—No estés triste, Vica. Cada oruga tiene su momento. Algún día volarás tú también.
Vica no lo creyó del todo. Pero decidió esperar.
Tejió un pequeño capullo. Suave, calentito, como una mantita. Y se durmió dentro.
Durmió mucho, mucho tiempo. Soñó que volaba sobre el prado, sobre el río, sobre los árboles altos.
Una mañana se despertó. El sol brillaba a través del capullo. Vica se estiró y de repente sintió que algo tenía a la espalda.
Salió afuera. Y vio: en lugar de su cuerpo pequeño, ¡unas alas grandes y hermosas! Eran de color naranja, con lunares negros.
Vica batió las alas… ¡y voló!
—¡Vuelo! ¡Vuelo! —gritó.
Voló sobre las flores. Las abejitas zumbaban:
—¡Mira qué mariposa tan bonita!
Vica sonrió. Ya no tenía envidia. Porque ahora ella también sabía volar.
El sol calentaba sus alitas. Vica se posó en una margarita y abrió los ojos. Todo a su alrededor era brillante y conocido. Solo que ahora lo veía desde lo alto.
Vica suspiró feliz. Y siguió volando.