Marusina y la despensa llena de tesoros

La ratoncita Marusina asomó la nariz a la despensa bajo el viejo peral y soltó un chillido de susto: ¡todos los estantes estaban vacíos!

El invierno se acercaba y apenas tenía provisiones.

—¡Ay, caramba! —chilló Marusina—. ¡Tengo que llenar la despensa rápido!

Cogió una cestita y salió corriendo al campo. Allí creaban los girasoles. Marusina recogió un montón de pipas y arrastró la cesta a casa. ¡Pero pesaba tanto!

—¡Marusina, espera! —oyó a sus espaldas.

Era el erizo Tarasín.

—¡Déjame ayudarte! —dijo.

Juntos llevaron la cesta hasta la despensa de Marusina.

—Yo sé dónde hay bellotas —propuso Tarasín.

Fueron al bosque. Bajo una encina juntaron un buen montón de bellotas. Mientras las llevaban a casa, la ardilla Lenita los alcanzó.

—¡Yo también quiero ayudar! —chilló ella.

Lenita les enseñó un claro lleno de avellanos. ¡Había tantas avellanas!

Entre los tres llenaron la despensa de avellanas, bellotas y pipas de girasol.

—Faltan bayas secas —dijo Marusina.

Lenita conocía un sitio con viburno. Tarasín recordaba un arbusto de escaramujos. Y Marusina se acordó de los espinos cerca del arroyo.

Los amigos iban de un lado a otro. Llevaban bayas, las colocaban en los estantes. Cantaban canciones. Reían.

Al anochecer, ¡la despensa de Marusina estaba llena! Las pipas en un rincón. Las nueces en otro. Las bayas, en los estantes de arriba.

Marusina invitó a sus amigos a un té con miel.

—¡Gracias! —dijo—. Sola nunca habría podido.

—¡Yo me lo pasé muy bien! —rió Tarasín.

—¡Y yo también! —dijo Lenita.

Cuando los amigos se fueron a casa, Marusina echó un último vistazo a la despensa. Los estantes estaban llenos. Olía a nueces y a bayas.

La ratoncita sonrió, se acurrucó en su camita y cerró los ojos. Soñó que todos reían juntos entre los girasoles.

Y tras la ventana, los primeros copos de nieve danzaban.