La abejita Estrella se despertó tempranito, cuando el sol apenas asomaba por la ventanita de la colmena.
—¡Voy a volar a recoger miel! —dijo muy contenta.
Salió de la colmena y voló sobre el jardín. Vio manzanos rojos y girasoles amarillos.
El sol calentaba cada vez más. Estrella llegó a la primera flor.
—¡Zumbido, zumbido! —cantaba.
Recogió un poquito de néctar y siguió volando.
Pero el sol apretaba más y más. A Estrella le empezó a dar calor. Sus alitas se cansaron.
—¡Ay, qué calor! —susurró.
Vio una hoja grande de bardana. Debajo había sombra.
Estrella se posó bajo la hojita. Allí estaba fresquito. Soplaba una brisa suave.
—¡Qué bien! —dijo feliz.
Descansó un ratito y bebió una gotita de rocío de la hoja.
Luego volvió a volar hacia las flores. Ahora iba despacio, sin prisa.
Recogía miel de una flor, descansaba bajo una hojita, volaba a otra flor, y otra vez descansaba a la sombra.
Así pasó todo el día: un poquito de trabajo, un poquito de descanso.
Cuando llegó la tarde, ¡había llenado sus canastitas de miel!
El sol se escondió detrás de una nube. Empezó a refrescar.
Estrella voló de regreso a la colmena.
Su mamá abeja la esperaba en la entrada.
—¡Muy bien, hijita! —la felicitó—. ¡Has traído mucha miel!
Estrella sonrió. No contó cómo lo había hecho. Solo sabía que había actuado bien.
Por la noche, todas las abejitas se reunieron a comer miel fresca. Era dulce y olía rico.
Estrella se acostó en su camita de cera blanda. Sus alitas ya no le dolían. Estaba cansada, pero feliz.
Afuera cantaban los grillos. La luna asomaba por la ventanita.
Estrella cerró sus ojitos y se durmió plácidamente.