Telelín y la bruja del bosque

Había una vez un niño llamado Telelín. Era pequeño y muy despierto, con unos ojitos que brillaban de pura curiosidad.

Un día, Telelín fue al bosque a buscar setas y moras. Caminó y caminó entre los pinos viejos, hasta que vio una cabaña extraña. Las ventanas eran chiquititas, como ojos entrecerrados. Y junto a la cabaña, una vieja bruja, encorvada y con una nariz ganchuda.

—¡Oye, chico, ven aquí! —gritó la bruja—. Ayúdame a partir leña y te daré pastelitos.

Telelín sospechó. Algo no olía bien. Pero no se asustó y entró.

—Siéntate en la pala —dijo la bruja—, a ver si cabes en el horno.

Telelín entendió que la bruja quería cocinarlo como un pastel. Pero no tuvo miedo, sino que inventó un truco.

—Abuela, no sé sentarme en la pala —dijo con voz inocente—. Muéstreme usted cómo se hace.

La bruja resopló:

—¡Ay, qué tonto eres! ¡Así se hace!

Y se sentó en la pala. Entonces Telelín, de un empujón, metió la pala con la bruja en el horno, cerró la puerta y salió corriendo.

Mientras huía por el bosque, oyó a alguien llorar. Era una niña muy triste, sentada bajo un árbol.

—¿Por qué lloras? —preguntó Telelín.

—Soy la hija de la bruja —dijo la niña—. Ella me obligaba a hacer cosas malas, y yo no quería. Ahora no sé qué hacer.

Telelín pensó y dijo:

—Ven conmigo al pueblo. Allí hay buena gente que te enseñará cosas bonitas. Tendrás una nueva vida.

La niña se secó las lágrimas y sonrió. Fueron juntos hasta el pueblo.

¿Y la bruja? Logró salir del horno, pero Telelín ya estaba lejos. Al principio se enojó, pero luego pensó: "Quizás ya es hora de dejar de asustar a la gente. Mejor venderé moras en el bosque".

Telelín llegó a casa con la cesta llena de setas, y la niña encontró una nueva familia en el pueblo. Creció buena y hacía los pasteles más ricos de la comarca, siempre agradecida a Telelín.

Y cuando los niños le preguntaban cómo ser tan listo, Telelín sonreía y decía:

—Usen siempre la cabeza. Y si pueden ayudar a alguien, háganlo. La bondad siempre vuelve.