Había una vez una viejecita y un viejecito que vivían en una casita junto a un estanque. Su casa era acogedora, su jardín estaba cuidado, pero ya no tenían fuerzas para acarrear agua ni trabajar la tierra.
Una mañana, el abuelo fue al estanque a ver si había peces. Entre los juncos vio una patita: tenía un ala más corta que la otra. Las demás patos se habían ido, y ella estaba solita.
—Ven a casa con nosotros, patita —dijo el abuelo—. No te dejaré sola.
La llevó a casa. La abuela le dio granos y agua. La patita escondió el pico bajo el ala y se durmió junto a la chimenea.
Al amanecer, la abuela abrió los ojos y no podía creerlo: el suelo estaba barrido, el agua fresca en el barril, y junto al fuego, un cubo de fresas. ¿Quién había hecho todo?
La noche siguiente, la abuela se quedó despierta. A medianoche, la patita se quitó las plumas y se convirtió en una niña de largas trenzas. Cogió la escoba, barrió, sacó agua del pozo y fue al jardín a por frutas.
La abuela la esperó y le dijo:
—No te escondas, palomita. Ya veo quién eres.
La niña sonrió y contó su historia: vivía con sus padres, pero un día se perdió en el bosque siguiendo una mariposa. Lloró mucho, hasta que una hada buena se apiadó de ella y la convirtió en patita para que pudiera encontrar comida. Pero el hada dijo: «Cuando alguien te acoja con buen corazón, el hechizo se debilitará».
—Quédate con nosotros, hija —dijo la abuela—. Te querremos como a una nieta.
Y guardó las plumas en un arcón para que la niña no volviera a transformarse.
Desde entonces, la niña vivió con ellos. Les traía agua, regaba el huerto y cantaba canciones. Ellos la abrazaban, le contaban cuentos y la mecían en sus regazos.
La casita se llenó de tanta alegría que hasta el sol se asomaba más tiempo por la ventana. Y por las noches, los tres cenaban juntos, y todos sabían que el calor más grande no está en la chimenea, sino donde hay amor.