En la orilla del mar vivía un barquito pequeño llamado Timoteo. Tenía el casco blanco, una vela roja y un ancla brillante.
Timoteo soñaba con navegar por el mar. Pero cada vez que el viento soplaba, el barquito sentía miedo de soltar el amarre.
—¡Las olas son tan grandes! —decía Timoteo.
Una mañana, una delfín llamada Estela se acercó al puerto.
—¿Tienes miedo de entrar al agua? —preguntó.
—Soy pequeño y el mar es muy grande —susurró Timoteo.
—Yo también fui pequeña —sonrió Estela—. ¿Quieres que nade a tu lado?
Timoteo pensó y asintió.
Desató la cuerda, levantó el ancla y se hizo a la mar.
La primera ola lo levantó muy alto. Timoteo se asustó.
—¡Agárrate! —gritó Estela.
La ola lo bajó suavemente, y Timoteo… ¡se rió! ¡Era como un columpio!
El viento hinchó la vela roja. El barquito navegó más rápido.
Una gaviota llamada Marisol voló hacia él.
—¡Bienvenido, viajero! —cantó.
—¿Yo soy un viajero? —preguntó Timoteo, sorprendido.
—¡Navegas el mar, así que lo eres! —respondió Marisol, y siguió su vuelo.
Timoteo siguió adelante. Las olas lo subían y bajaban, pero ya no tenía miedo.
Estela buceaba a su lado y saltaba con alegría.
—¡Mira! —gritó—. ¡Allá hay un faro!
A lo lejos brillaba un faro alto. Su luz iluminaba el camino.
—Es para los barcos que vuelven a casa —explicó la delfín.
Timoteo pasó junto al faro, rodeó una isla pequeña y regresó a su puerto.
En la orilla lo esperaba el viejo remolcador Alejandro.
—¿Qué tal, marinero? —preguntó.
—¡He navegado por el mar de verdad! —contó Timoteo, feliz—. ¡Las olas no dan miedo cuando no les tienes miedo!
El remolcador sonrió y no dijo nada.
Timoteo atracó, bajó el ancla y se quedó dormido. La vela roja se mecía con la brisa.
Mañana navegaría otra vez. Ahora ya conocía el camino.