En las profundidades del mar, entre jardines de coral, vivía una pequeña sirenita llamada Zlata. Tenía el cabello dorado y una cola del color de las olas.
Zlata adoraba escuchar los cuentos del viejo cangrejo Makar. Él, una vez, se había enredado en una red de pesca y llegó hasta la superficie. Allí vio el cielo.
—Arriba, por la noche, brillan las estrellas—contaba Makar—. Miles de lucecitas.
Zlata suspiraba soñadora. ¡Cuánto deseaba ver esas estrellas! Cada noche nadaba hasta la superficie, pero no se atrevía a asomar la cabeza.
—¿Y si da miedo?—pensaba la sirenita.
Una tarde, el delfín Sreblik le propuso:
—¡Nada conmigo! Yo te enseñaré las estrellas.
Zlata reunió valor. Subieron, subieron, más y más alto. Por fin, la cabeza de la sirenita salió del agua.
El cielo era oscuro e inmenso. Las estrellas brillaban, pero a Zlata le parecieron frías y lejanas. El viento tiraba de su cabello. El aire se sentía pesado.
—Mira, allí viven los humanos—dijo Sreblik, señalando las luces de la costa.
Zlata miró, pero de repente sintió tristeza. Recordó su camita de coral, el agua tibia, el suave resplandor de las medusas-linternas.
—Sreblik, nosotros también tenemos estrellas—dijo en voz baja—. Solo que las nuestras brillan bajo el agua.
El delfín sonrió:
—Tienes razón. El plancton luminoso no es menos hermoso que las estrellas.
Se zambulleron de vuelta. Zlata nadó hacia su arrecife. Allí, los destellos verdes, azules y violetas del plancton danzaban a su alrededor, como estrellitas vivas. Podía tocarlas, nadar entre ellas.
Zlata extendió la mano. Las lucecitas jugaron en sus dedos.
—Mis estrellas están mucho más cerca—susurró la sirenita.
Se acurrucó contra una piedra cálida cubierta de musgo suave. A su alrededor, las lucecitas submarinas titilaban. Su padre, el tritón, pasó nadando y le arregló la almohada de algas.
Zlata cerró los ojos. Ya no quería ir a ningún otro lugar. En casa, todo era tranquilo y acogedor. Las estrellas del mar se mecían con las olas y le cantaban una nana silenciosa.
La sirenita sonrió entre sueños y se durmió profundamente en su jardín de coral.