En una nube blanca como el algodón nació una copo de nieve pequeñita. Se llamaba Estrellita porque brillaba como una estrella diminuta.
Tenía seis bracitos muy finos y era tan bonita… Pero tenía mucho miedo de caer a la tierra.
—Allá abajo hace calor —decía Estrellita a sus hermanas—. Me derretiré y desapareceré para siempre.
—¡No tengas miedo! —reían las otras copos—. ¡Volaremos juntas!
Pero Estrellita temblaba y se escondía en lo más hondo de la nube.
Un día, el viento sopló tan fuerte que Estrellita no pudo esconderse. Salió volando hacia abajo con miles de copos más.
—¡Ay, ay, ay! —chillaba Estrellita—. ¡Me voy a derretir!
Voló y voló, hasta que de repente cayó sobre algo suave y calientito. Era la manopla de una niña llamada Lucía.
—Ya estoy en la tierra —susurró Estrellita—. Ahora voy a desaparecer…
Pero entonces oyó:
—¡Mamá, mira! ¡Qué copo de nieve más bonito! ¡Parece una estrellita!
Lucía mostraba su manopla a mamá con los ojos brillantes de alegría.
—Es preciosa —sonrió mamá—. ¿Ves, hija? Cada copo de nieve es especial. No hay dos iguales.
—¡Quiero dibujar una igual! —exclamó Lucía, y salió corriendo a casa.
Estrellita, en la manopla, se quedó asombrada. ¡Le había dado alegría a la niña! ¡Eso era muy importante!
En la habitación caliente, Lucía se quitó la manopla. Estrellita sintió que sus bracitos comenzaban a derretirse. Pero ya no tenía miedo.
—He hecho feliz a una niña —susurró—. Ese es mi lugar.
Se convirtió en una gotita de agua. Y Lucía, sentada en la mesa, pintaba con blanco sobre papel azul.
—¡Mira, mamá! ¡Mi copo de nieve estrella! —enseñaba la niña.
Aunque Estrellita ya no era un copo, su belleza vivía en el dibujo, en la sonrisa de Lucía, en los recuerdos.
Y al invierno siguiente, cuando la nieve volvió a caer, Lucía salió a la calle y atrapaba los copos con alegría. Cada uno lo miraba y se maravillaba de lo especial que era.
Porque ahora la niña sabía algo importante. Con cuidado levantaba cada copo en su manopla, lo admiraba un segundo, y sonriendo lo dejaba ir. Para que otros niños también pudieran ver esa pequeña maravilla.