Osito Miel y su barril mágico

En un bosque pequeño, entre pinos altos, vivía un osito llamado Miel. Le encantaba la miel, dulce, olorosa y dorada.

Una mañana, Miel encontró un gran barril de miel en el tronco de un árbol. ¡Oh, qué grande! ¡Oh, qué rica!

—¡Esta miel es mía! —dijo Miel—. ¡Solo mía!

Cargó el barril hasta su cueva y lo escondió.

Llegó Saltarín, el conejito:

—Miel, ¡vamos a jugar al escondite!

—No puedo —respondió el osito—. Tengo que cuidar mi miel.

Llegó Pío, el pajarito:

—Miel, ¡vamos a cantar canciones!

—No quiero —refunfuñó Miel—. Tengo que vigilar mi miel.

Llegó Rojita, la ardilla:

—Miel, ¡vamos a recoger flores!

—No —negó con la cabeza—. Tengo cosas importantes que hacer.

Así que Miel se pasó el día junto a su barril. Lo acariciaba, lo miraba, pero no tenía ganas de comer. Estaba triste.

Afuera, sus amigos reían y jugaban. Miel los oía y suspiraba.

De repente, el osito entendió: la miel es dulce, pero sin amigos, ni la miel más rica alegra el corazón.

Cogió el barril y salió corriendo de la cueva:

—¡Amigos, Saltarín, Pío, Rojita, venid!

Todos llegaron corriendo, volando, saltando.

—¡Vamos a tomar té con miel juntos! —los invitó Miel.

Sacó cinco platitos. En cada uno puso miel dorada. El conejo trajo hierbas, el pajarito bayas, la ardilla nueces.

Se sentaron todos bajo un gran pino. Tomaron té, comieron miel, rieron y contaron historias.

—¡Qué rica está la miel! —piaba el pajarito.

—¡Y qué divertido es estar juntos! —saltaba el conejo.

—¡Gracias, Miel! —sonreía la ardilla.

Y el osito Miel era el más feliz del mundo. El barril se hizo más pequeño, pero su corazón se llenó de calor y alegría.

Desde entonces, Miel siempre compartió su miel con los amigos. Porque sabía que la verdadera dulzura es la amistad.

Y cada atardecer se reunían todos, tomaban té y miraban las estrellas que brillaban sobre su bosque.