Tichón, el trencito azul

Había una vez un trencito azul llamado Tichón. Cada día iba de un lado a otro con su papá, un gran tren rojo.

—Papá, ¿cuándo podré ir solito? —preguntaba Tichón.
—Pronto, hijito, muy pronto —respondía papá.

Una mañana, papá dijo:
—¡Hoy irás tú solo! Llevarás estas manzanas al pueblo vecino.

Tichón dio un brinco de alegría. ¡Chucu-chucu-chucu! Se puso en marcha.

El trencito rodaba por los rieles cantando:
—Chucu-chucu-chucu, ¡voy solito yo! Chucu-chucu-chucu, ¡ayudaré a montón!

De pronto, vio un conejito junto a la vía.
—Trencito, trencito, ¿has visto a mi mamá? —lloraba el conejito.
—No la he visto —dijo Tichón—, pero tengo prisa, ¡debo llevar las manzanas!

Y siguió su camino. Pero algo en su interior se entristeció.

En la curva, se topó con un osito.
—Trencito, ayúdame a cruzar los rieles, tengo miedo —pidió el osito.
—Tengo prisa —respondió Tichón—, ¡tengo un encargo importante!

Pero sus ruedas giraban cada vez más lento. Tichón se sentía aún más triste.

Al fin se detuvo.
—¿Qué me pasa? ¿Por qué estoy tan triste? —pensó el trencito.

Entonces dio marcha atrás. Primero ayudó al osito a cruzar. Luego buscó a la mamá conejita y la llevó hasta su bebé.

—¡Gracias, Tichón! —gritaron los animalitos.

Y Tichón comprendió: ¡ayudar a otros es lo mejor del mundo! Volvió a cantar:
—Chucu-chucu-chucu, ¡ayudo sin parar! Chucu-chucu-chucu, ¡qué feliz soy ya!

Llegó con las manzanas a tiempo. Y trajo a casa lo más importante: un buen corazón.

Su papá lo abrazó:
—Eres un verdadero tren, hijito. No por ir rápido, sino por tener un buen corazón.

Esa noche, Tichón durmió feliz. Soñó con nuevas aventuras donde ayudaría a quien lo necesitara.

Chucu-chucu-chucu. Buenas noches, trencitos pequeños.

Que soñéis con caminos donde os detengáis a ayudar a quienes esperan junto a la vía.