Busito el autobús azul

Había una vez un pequeño autobús azul que se llamaba Busito.

Busito recorría las calles de la ciudad todos los días. Llevaba a los niños al colegio, a la abuela al mercado y al papá al trabajo.

A Busito le encantaba llegar siempre a tiempo. Iba despacito, sin prisas.

Una mañana, Busito se despertó muy temprano. El sol todavía dormía y la ciudad estaba en silencio.

—¡Bip, bip! —cantó alegremente Busito.

Salió a recoger a sus pasajeros. La primera parada era para Lucía, una niña que iba al colegio.

—¡Buenos días, Busito! —dijo Lucía con una sonrisa.

—¡Bip, bip! —respondió Busito.

La segunda parada era para la abuela Rosa, que llevaba una bolsa grande.

—Gracias, Busito. Siempre llegas puntual —dijo la abuela.

Busito siguió su camino. Había muchos coches en la carretera, todos con prisa.

Un gran autobús rojo gritó:

—¡Yo voy muy rápido! ¡Soy el más veloz!

Y se fue pitando, adelantando a los demás coches. No paraba en las paradas.

Busito iba tranquilo, sin correr. Se detenía en cada parada.

El autobús rojo tenía tanta prisa que pasó de largo una parada. La gente agitaba los brazos, pero él no se detuvo.

—¡Ay, ay! —gritaron los pasajeros.

Entonces llegó Busito, justo a tiempo. Todos los pasajeros subieron a él.

—¡Bien hecho, Busito! —lo felicitaron.

Busito trabajó todo el día. Los niños llegaron al colegio, la abuela al mercado y el papá al trabajo.

Al atardecer, Busito volvió a su casa. Estaba cansado, pero feliz.

Se metió en el garaje. La luna brillaba en la ventana.

—Bip, bip —susurró Busito, y cerró los faros.

Las estrellas parpadeaban desde el cielo. La ciudad se dormía.

Busito también se durmió.