Al borde del aeródromo vivía un avioncito llamado Zumbón. Tenía un ala azul, una cola roja y una hélice muy alegre.
Cada mañana, los aviones grandes se elevaban hacia el cielo. Zumbón los veía desde abajo y suspiraba.
— ¿Por qué no vuelas? —le preguntaban los gorriones.
— Allá arriba hay mucha altura —respondía bajito—. ¿Y si me caigo?
Los gorriones reían y revoloteaban a su alrededor.
Un día llegó al aeródromo un planeador de papel. Volaba muy bajo, rozando la hierba.
— ¡Hola! —pió el planeador—. He volado mucho y estoy cansado. El viento me lleva, pero mis alas son débiles.
— Yo nunca he volado —dijo Zumbón—. Tengo miedo.
— ¡Pero si tienes un motor de verdad! —se sorprendió el planeador—. ¡Y unas alas tan fuertes! ¡Cómo me gustaría tenerlas!
Zumbón miró sus alas. Eran fuertes y brillantes.
— ¿Y si lo intento un poquito? —susurró.
El planeador asintió:
— ¡Inténtalo! ¡Yo te animo!
Zumbón encendió el motor. La hélice giró: ¡brum-brum-brum! Rodó por la hierba. Cada vez más rápido, más rápido…
Y de repente, las ruedas se separaron del suelo.
¡Zumbón volaba! Primero muy bajo. Un conejo corría por el campo, y Zumbón casi le toca la oreja.
— ¡Oh! —dijo Zumbón—. ¡Estoy volando!
Subió un poquito más. Vio flores en el prado. Le saludaban con sus pétalos.
Un poco más arriba, y Zumbón vio el lago. Brillaba como un espejo. Los patos nadaban y le graznaban.
— ¡Mirad quién vuela! —gritaban los gorriones.
Zumbón sintió que el viento acunaba sus alas. El cielo era suave y cálido. No daba nada de miedo. ¡Al contrario, era precioso!
Dio una vuelta sobre el aeródromo y aterrizó suavemente.
El planeador dio saltitos de alegría:
— ¡Eres genial!
— ¿Sabes? —dijo Zumbón—. Allá arriba se está muy a gusto.
La noche era tranquila y cálida. Zumbón, en su sitio, miraba las estrellas. Mañana volvería a volar. Quizás un poco más alto. Quizás hasta esa nube que parecía un osito.
Cerró los ojos de sus faros y se durmió sonriendo.