En un bosque vivía un conejito pequeño y gris. Se llamaba Gris. Era tan miedoso que hasta una hoja al caer le hacía temblar.
Un día, su amigo el erizo Pinchón vino a buscarlo.
—¡Gris, vamos a jugar al claro! —dijo alegre.
—No, no —susurró el conejito—. Queda lejos. Da miedo.
Pinchón se rió y se fue solo. Gris se quedó bajo su arbusto.
Llegó la noche y el conejito esperó a su amigo. Esperó y esperó, pero Pinchón no volvía. La luna salió y el bosque se volvió oscuro.
—¿Le habrá pasado algo? —pensó Gris con el corazón latiendo fuerte.
Asomó la cabeza. El bosque parecía enorme y negro. Las ramas se movían, las sombras bailaban. ¡Qué miedo!
Pero Pinchón era su amigo. ¿Y si necesitaba ayuda?
Gris dio un paso. Luego otro. Sus patitas temblaban, sus orejas se estremecían, pero siguió andando.
—¡Pinchón! ¡Pinchón! —llamaba.
De repente, oyó una voz bajita:
—Gris, ¡estoy aquí!
El conejito corrió hacia ella y encontró al erizo enredado en unas zarzas. Pinchón no podía salir.
—¡Ya voy! —dijo Gris.
Se olvidó del miedo. Con sus patas, fue apartando las espinas con cuidado. Trabajó hasta que liberó a su amigo.
—¿Cruzaste el bosque oscuro tú solo? —se asombró Pinchón—. ¡Pero si tenías miedo!
Gris miró a su alrededor. El bosque ya no parecía tan tenebroso. La luna brillaba suave, los árboles susurraban como una canción de cuna.
—Sí, tenía miedo —dijo bajito—. Pero tú eres mi amigo.
Juntos regresaron a casa. Pinchón tomó la pata de Gris, y el conejito ya no tembló.
Ya en su madriguera, Gris se acurrucó en su nido. Cerró los ojos y sonrió. Soñó con el claro del bosque, donde jugaba con Pinchón sin ningún miedo.
Afuera, la luna brillaba entre las hojas, y el bosque respiraba tranquilo mientras dormía.