En un viejo jardín, detrás de una alta cerca, vivía un ratoncito llamado Pipín. Tenía orejas grises, nariz rosada y mucho miedo del gato rayado, el señor Bigotes.
El señor Bigotes cazaba a todos los ratones del jardín. Era grande, bigotudo y ronroneaba de manera feroz. Todos los ratones huían de él.
Una mañana, Pipín recogía semillas junto al viejo manzano. De repente, oyó un ruido. ¡El señor Bigotes!
El gato se acercaba sigilosamente, con los ojos brillando. Pipín podía esconderse en su agujero, que estaba muy cerca. Pero el ratoncito notó algo raro.
El señor Bigotes tenía una espina clavada en la pata. Cojeaba y gemía de dolor.
—¿Te duele? —chilló Pipín.
El gato se detuvo. Nadie le había preguntado eso nunca. Miró al ratón, sorprendido.
—Me duele —gruñó el gato—, pero no es asunto tuyo. ¡De todas formas te atraparé!
—Espera —dijo Pipín—. Déjame ver.
Se acercó a la pata del gato. El corazón le latía muy fuerte, pero Pipín veía que el señor Bigotes sufría. Con sus patitas, el ratón sacó la espina con cuidado.
—¡Ay! —se estremeció el gato. Luego se quedó callado.
Miró a Pipín con sus grandes ojos amarillos. El ratón trajo una hoja suave de llantén y la puso sobre la herida.
—¿Por qué me ayudaste? —preguntó el gato en voz baja—. Yo te estaba cazando.
—Porque te dolía —respondió Pipín—. No puedo ver sufrir a nadie.
El señor Bigotes se sentó y se lamió la pata. Luego miró al ratón.
—Anda, vete a tu agujero —refunfuñó—. Y no te dejes ver.
Pipín asintió y corrió a casa.
Al día siguiente, el ratón recogía semillas otra vez. El señor Bigotes estaba tumbado bajo un arbusto, observando. Cuando otro gato, el rojizo Canelo, se lanzó sobre Pipín, el señor Bigotes maulló fuerte:
—¡A ese ratón no lo toques! ¡Es mío!
Canelo huyó, sorprendido. Y el señor Bigotes cerró los ojos, como si nada hubiera pasado.
Desde entonces, Pipín recogía semillas tranquilamente en el jardín. El señor Bigotes siempre estaba cerca, vigilando que a nadie se le ocurriera hacerle daño al pequeño ratón gris de buen corazón.
Y al atardecer, cuando el sol se ponía tras los árboles, el señor Bigotes ronroneaba suavemente, viendo a Pipín llevar semillas a su casa. La pata del gato ya no le dolía, y en su corazón, por alguna razón, sentía un calorcito muy agradable.