Pipi, la pequeña pájara que aprendió a volar

En lo alto de un manzano vivía una pajarita muy chiquita. Se llamaba Pipi.

Pipi tenía las alas amarillas y un piquito afilado. Le encantaba estar en su nido y mirar al cielo.

—¡Pip-pip! —cantaba Pipi.

Una mañana, mamá pájara le dijo:

—Pipi, ¡es hora de aprender a volar!

Pipi asomó la cabeza. ¡El suelo estaba tan lejos! Parecía diminuto.

—Tengo miedo —susurró Pipi.

—Yo estoy aquí, a tu lado —la calmó mamá.

Pipi abrió las alas. Le temblaban. Estaba al borde del nido y no se atrevía a dar el paso.

De repente, un vientito cogió una pluma. La pluma voló hacia abajo, dando vueltas en el aire.

—Mira —dijo mamá—. Baila con el viento.

A Pipi le gustó cómo giraba la pluma. Tan ligera y alegre.

—¿Yo podré hacerlo también? —preguntó Pipi.

—Inténtalo —sonrió mamá.

Pipi cerró los ojos. Respiró hondo. ¡Y saltó!

Al principio cayó. El corazoncito le latía muy fuerte. Pero las alas se abrieron solas y… ¡pum, pum, pum, empezaron a aletear!

¡Pipi volaba!

El viento la sostenía con dulzura. Las alas la llevaban hacia arriba. ¡Era maravilloso!

—¡Mamá, vuelo! ¡De verdad vuelo! —piaba Pipi.

Dio una vuelta alrededor del manzano. Luego se posó en una ramita.

—¡Otra vez! —pidió Pipi.

Y volvió a alzar el vuelo. Esta vez ya no tenía miedo.

Todo el día voló Pipi entre las ramas. Subía hasta las nubes y bajaba hasta la hierba.

Al anochecer, Pipi regresó al nido. Estaba muy cansada, pero feliz.

—¡Qué bonito es volar! —susurró Pipi.

Mamá la arropó bajo su ala. Pipi cerró los ojos.

Soñó con el cielo, el viento y las plumas bailando en el aire.

Afuera, el manzano susurraba muy bajito, meciendo las ramas para dar las buenas noches.