En un jardín caluroso, junto a un estanque, vivía una pequeña tortuga llamada Tina. Le encantaba pasear entre las flores y mirar las mariposas.
Una mañana, la ardilla Pelusa saltó a una rama y gritó: —¡Hoy hay una gran carrera! ¡Quien llegue primero al viejo roble ganará una medalla!
Tina suspiró. Pensaba que era demasiado lenta para las carreras. Pero le hacía mucha ilusión ver el viejo roble, donde crecían setas preciosas.
—Iré a mi ritmo, por mí misma —decidió la tortuga.
En la salida se juntaron la ardilla Pelusa, la liebre Saltarina y el erizo Pinchón. Todos eran rápidos y alegres.
—¡Uno, dos, tres, corred! —gritó la urraca.
La ardilla voló por las ramas. La liebre saltó entre la hierba. El erizo rodó como una bolita hacia adelante. Y Tina simplemente anduvo por el sendero, despacio y sin prisa.
Pronto, la ardilla vio unas nueces en el suelo. —¡Ay, qué ricas! Las recojo rápido y sigo. Recogió y recogió, y perdió el camino.
La liebre saltó tan rápido que no vio el cruce. Corrió por el lado equivocado, hacia un matorral espeso. Tardó mucho en salir.
El erizo rodó alegremente, pero cayó en un charco blando. Tuvo que salir, lavarse y secarse.
Y Tina siguió su sendero. No se apresuró. Miraba las margaritas. Se paraba a beber agua. Caminaba, pasito a pasito.
El sendero llevaba justo al viejo roble. Tina no se desvió. No olvidó adónde iba. Solo caminaba.
Y de repente, ¡allí estaba el viejo roble! Grande, frondoso, con setas junto a las raíces.
Tina se acercó al árbol y sonrió. Nunca había visto un roble tan hermoso.
Al rato llegó la ardilla, llena de hojas. Luego saltó la liebre, con espinas en las orejas. Por último llegó el erizo, aún mojado.
—¿Cómo lo hiciste? —se extrañó la ardilla.
La urraca voló y colgó del cuello de Tina una medallita de bellota.
—¡Llegaste primera!
Tina sonrió. La medalla estaba caliente por el sol. Las setas bajo el roble eran realmente maravillosas.
Se tumbó a la sombra y cerró los ojos. Todo era tan tranquilo y agradable.
La ardilla, la liebre y el erizo se sentaron a su lado. También descansaban tras su largo camino.
La brisa susurraba entre las hojas. El día era sereno y luminoso.