El cervatillo Lucero pastaba en un claro lleno de fresas. Estaba tan concentrado en las dulces frutas que no se dio cuenta de que su mamá se había adentrado entre los árboles.
Cuando Lucero levantó la cabeza, alrededor solo había silencio. Mamá no se veía por ningún lado.
El corazón le latía muy fuerte. Quería gritar, quería correr. Pero recordó lo que mamá siempre le decía: “Si te pierdes, párate y piensa”.
Se quedó quieto y escuchó. El bosque susurraba entre las hojas. A lo lejos, un pájaro carpintero picoteaba un tronco. El viento traía olor a pino.
“¿Hacia dónde íbamos?”, pensó Lucero. Iban hacia el arroyo. Y el arroyo siempre hace ruido.
Aguzó el oído. A la izquierda se oía un murmullo muy suave.
Lucero empezó a caminar despacio, esquivando los arbustos. El corazón aún latía rápido, pero no tenía prisa. Paso a paso. Escuchar. Mirar.
El murmullo se hizo más fuerte. Entre los troncos brilló el agua.
Junto al arroyo había una piedra grande y plana, la misma donde siempre descansaban con mamá.
“Mamá conoce esta piedra”, pensó Lucero. “Si me busca, vendrá aquí”.
Se tumbó en la piedra caliente y esperó. No corrió de un lado a otro, no llamó. Solo se quedó allí, mirando el agua.
El sol dio tres pasos más por el cielo.
Entonces, mamá salió de entre los árboles. Miró alrededor, vio a Lucero en la piedra y se acercó despacio.
—Iba siguiendo una mariposa y no vi que te quedabas atrás —dijo mamá—. Volví al claro, pero no estabas. Pensé: mi listo hijo encontrará el arroyo.
Mamá rozó con su hocico la oreja de Lucero.
—¿Tuviste miedo?
—Sí —respondió Lucero—. Pero me paré y escuché al bosque. Él me enseñó el camino.
Bebieron juntos del arroyo. El sol de la tarde se filtraba entre las hojas y hacía bailar destellos dorados en el agua.
Madre e hijo volvieron a casa. Lucero caminaba junto a ella, sin rezagarse.
Y cuando llegó la noche, se tumbó en la hierba tibia bajo las estrellas y escuchó la respiración del bosque. Ahora conocía un poco mejor su idioma.