En un viejo roble, en medio del claro del bosque, vivía Sofía, una lechuza de grandes gafas redondas. Le encantaba leer cuentos a la luz de la luna.
Una mañana, llegó corriendo Ardillín, la ardilla.
—¡Sofía! —chilló—. ¡He juntado tantas nueces que no sé dónde esconderlas! ¿Las entierro bajo el tilo? ¿O bajo el abedul?
Sofía se ajustó las gafas.
—¿Y te acuerdas de dónde las escondiste el año pasado?
Ardillín se rascó una oreja.
—No… Las busqué todo el invierno y nunca las encontré.
—Entonces hagamos algo distinto —dijo la lechuza—. Coge un palo y dibuja un mapa en la tierra. Marca cada escondite con una piedrecita.
Ardillín saltó de alegría y se fue a dibujar.
Al atardecer llegó Erizo, el erizo, arrastrando una manzana enorme.
—¡Sofía, ayúdame! —resopló—. Quiero llevar esta manzana a mi casa, pero pesa demasiado. ¿Llamo al zorro?
—¿Y por qué crees que el zorro te ayudaría? —preguntó Sofía.
—Bueno… es más fuerte que yo.
—Pero has visto cómo caza el zorro, ¿verdad? Le encantan las manzanas —recordó la lechuza—. En cambio, Ratoncilla, la ratita, vive al lado de tu madriguera. Si empujáis los dos la manzana, rodará más rápido.
Erizo asintió y se fue a buscar a Ratoncilla.
En luna llena llegó volando Gorrión, el gorrión.
—Me rompí un ala la semana pasada —susurró—. Ya se ha curado, pero tengo miedo de volar. ¿Y si me caigo otra vez?
Sofía se quedó pensando un momento.
—Gorrión, ¿te acuerdas de cuando aprendiste a volar siendo pequeñito? ¿No te caías entonces?
—Sí —confesó el gorrión—. Muchas veces.
—¿Y qué hacías después?
—Volvía a intentarlo…
Sofía sonrió.
—Prueba primero a saltar en la rama. Luego vuela hasta la de al lado. Ya verás.
Gorrión saltó. Voló a la rama vecina. Y de pronto, echó a volar por todo el claro, piando de alegría.
Ya muy tarde, Sofía estaba en su hueco del roble. Fuera, las hojas secas crujían suavemente. Abajo, Ardillín escondía su última nuez y colocaba una piedrecita. Erizo y Ratoncilla rodaban la manzana hacia la madriguera. Y Gorrión dormía en una rama, agarrado fuerte con sus patitas.
Sofía cerró el libro, se quitó las gafas y apagó los ojos.