La Ola Mecida por el Viento

En el mar azul vivía una ola pequeñita, que saltaba y bailaba bajo el sol.

Una mañana, la ola vio a unos niños en la playa. Hacían castillos de arena, reían y aplaudían.

—¡Qué divertido! —dijo la ola—. ¡Quiero jugar con ellos!

Corrió y saltó muy alto. ¡Zas! Cayó justo sobre el castillo de arena.

Los niños gritaron. El castillo se derrumbó.

—Ay, ay —suspiró la ola—. No quería…

Volvió al mar y se escondió tras una ola grande.

—¿Por qué estás triste? —preguntó una ola viejecita.

—Rompí el castillo de los niños —susurró la ola—. Ahora no querrán ser mis amigos.

—Intenta jugar de otra manera —aconsejó la ola vieja—. No saltes sobre los castillos. Llévales algo bonito.

La ola pensó. Se sumergió profundo y encontró una concha lisa. Luego otra. Y una estrellita de mar.

Con cuidado, se acercó a la orilla y dejó los tesoros en la arena mojada.

Los niños vieron las conchas y la estrella.

—¡Mira, el mar nos trajo regalos! —gritó una niña.

—¡Queremos más! —aplaudieron los niños.

La ola se alegró. Se sumergió otra vez y trajo más conchas. Los niños reían y recogían los tesoros del mar.

Luego, la ola empezó a hacer cosquillas en los talones con su espuma fría. Los niños chillaban de alegría y corrían de un lado a otro.

Así jugaron todo el día. La ola traía regalos, hacía cosquillas y cantaba su canción de espuma.

Al atardecer, cuando el sol se ponía, los niños le dijeron adiós con la mano:

—¡Hasta mañana, ola! ¡Vuelve mañana!

La ola, feliz, chapoteó con espuma y regresó al mar.

Se acostó en una almohada suave de agua. Las estrellas brillaban sobre ella, y ella sonreía pensando en el día siguiente.

En la playa, la arena susurraba. Sobre ella descansaban las conchas, regalos de la ola pequeña.