Había una vez un pequeño robot. Se llamaba Robín.
Robín sabía hacer de todo: apretar tuercas, soldar cables, dar cuerda a los muelles. Pero había algo que no sabía hacer: sonreír.
—¿Por qué estás tan serio? —le preguntaban los juguetes.
Robín encogía los hombros. Simplemente no sabía cómo se hacía.
Un día, llegó Conejín, el conejito de trapo. Traía en sus patas un cochecito roto.
—¡Robín, ayúdame! ¡El coche no anda! —lloraba Conejín.
Robín tomó el cochecito, abrió la tapa con una llavecita y miró dentro. Algo estaba atorado.
—No llores —dijo Robín—. Yo lo arreglo.
Sacó una canica de debajo de una rueda, ajustó un tornillito… ¡y el coche echó a andar!
Conejín saltaba de alegría.
—¡Gracias! —gritó, y abrazó a Robín muy fuerte.
Entonces ocurrió algo maravilloso. Dentro del pecho de Robín algo hizo clic. Un calorcito se extendió por su interior. Y el pequeño robot, por primera vez en su vida, sonrió.
Desde aquel día, todos los juguetes sabían: Robín arreglaba cualquier cosa, y su sonrisa era la más bonita.
A menudo venían a verlo: la muñeca Martita con un brazo roto, el osito sin su botón, el barquito con la vela rasgada. Robín ayudaba a todos. Y después de cada «gracias», su corazón latía más caliente.
Una noche, Robín estaba sentado en el estante, mirando las estrellas. A su lado, Conejín.
—Ahora sabes sonreír, ¿verdad? —preguntó Conejín.
Robín asintió.
—Es porque tienes corazón —susurró el conejito.
Robín se tocó el pecho y sintió un suave calor bajo la placa metálica. El corazón dentro zumbaba quedo.
En la habitación todo estaba en silencio. Solo las estrellas titilaban tras la ventana.