Había una vez un delfín pequeño que vivía en el mar. Se llamaba Lún.
Lún era muy curioso. De día saltaba detrás de los barcos, y de noche miraba la luna.
Una noche, el mar se puso muy oscuro. Las nubes taparon la luna. Lún nadaba y nadaba, cuando de repente oyó: ¡Fuu, fuu, fuu!… Era un barquito. Pequeño, de madera, con una sola vela. Pero no iba hacia donde debía.
—¡Ay, ay, ay! —oyó Lún una vocecita. Era el capitán del barquito, un niño llamado Pablo.
—¿Dónde estoy? —preguntó Pablo—. Me he perdido. Las olas me llevan mar adentro.
Lún se acercó.
—No tengas miedo —dijo Lún—. Yo te ayudaré. Sígueme.
Y Lún nadó hacia adelante. Conocía el camino a la playa mejor que nadie. Las luciérnagas del agua le mostraban la ruta. Lún nadaba y, cuando el barquito se paraba, lo empujaba suavemente con el hocico.
—¿Adónde vamos? —preguntó Pablo.
—Al faro —respondió Lún—. Su luz se ve desde lejos.
Nadaron mucho rato. A veces Lún saltaba fuera del agua para ver si la costa estaba cerca. Y Pablo llevaba el timón sin miedo, porque Lún estaba a su lado.
Por fin, en la oscuridad, brilló una lucecita.
—¡La veo! —se alegró Pablo.
El barquito llegó a la orilla de arena. Pablo saltó a tierra firme. Se volvió hacia Lún.
—¡Gracias! ¿Quieres un pez? ¿O quizás una perla?
Pero Lún negó con la cabeza.
—No necesito nada —dijo Lún—. Me alegro de que estés en casa.
Y Lún desapareció entre las olas. Pablo se quedó mirando el mar, donde brillaban las estrellas.