En un pueblito muy chiquito vivía una niña llamada Solecito. Un día, se le cayó su primer diente de leche. Su mamá le dijo: —Ponlo debajo de la almohada. Esta noche vendrá el hada de los dientes y te dejará un regalo.
Solecito colocó su diente bajo la almohada, cerró los ojos y se durmió.
Esa noche, el hada de los dientes salía a volar por primera vez. Estaba un poquito nerviosa: —¿Y si se me olvida algo? ¿Y si la niña se despierta? Llevaba un saquito con monedas de plata. Pero cuando llegó junto a la cama de Solecito, vio que la niña apretaba el diente en su mano.
—Ay —pensó el hada—, ¿cómo voy a tomar el diente?
Con mucho cuidado, tocó la manita de Solecito. La niña suspiró en sueños, abrió la palma y el diente rodó sobre la almohada.
El hada recogió el diente, pero una moneda se cayó del saquito y rodó debajo de la cama. —¡Ahora no tengo moneda! ¿Qué hago? —se entristeció. Pero luego sonrió: —¡Puedo dejar en su lugar una pequeña magia!
El hada puso bajo la almohada lo que siempre llevaba consigo: una estrellita de cristal transparente. Muy despacio, alargó la mano y colocó la estrellita sobre la suave almohada. —Que esta magia te traiga alegría mañana —susurró, y voló de regreso a su casa.
A la mañana siguiente, Solecito se despertó y miró debajo de la almohada. En lugar de una moneda, allí brillaba una estrellita que destellaba al sol. La niña rió feliz y corrió hacia su mamá.
—¡Mamá, mira! ¡El hada me dejó una estrellita!
Su mamá la abrazó y dijo: —Es una verdadera magia. Cuídala.
Solecito colocó la estrellita en la ventana, y todo el día resplandeció. Desde entonces, el hada de los dientes siempre lleva en su bolsa no solo monedas, sino también pequeñas magias.