La ranita Rina y el gran charco

Bajo una hoja ancha de bardana temblaba una ranita verde llamada Rina.

Rina era tan verde como una hojita. Le encantaba saltar por el pasto: ¡brinca que brinca!

Pero Rina tenía mucho miedo al agua.

—¡Croa, croa! —lloraba cada vez que veía un charco.

Una mañana, mamá rana le dijo:

—Rina, vamos al lago.

Rina se escondió bajo una hojita.

—No, no, ¡tengo miedo!

Mamá sonrió.

—No te alejes, hijita. Yo estaré a tu lado.

Llegaron al lago. El agua era tibia y azul. Sobre el agua flotaban hojas.

—¿Ves? —dijo mamá—. El agua es suave como una cobija.

Rina se quedó en la orilla. Luego tocó el agua con una patita.

¡Chof!

¡El agua se sentía rica!

—Ahora siéntate en esta hoja —propuso mamá.

Rina se subió con cuidado a una hoja grande. La hoja se mecía: ¡bamba, bamba!

—¡Ay, qué divertido! —rió Rina.

Luego se bajó de la hoja. Metió las cuatro patitas en el agua.

El agua la sostuvo, muy suave.

—Mueve las patitas —le indicó mamá—. Una, dos; una, dos.

Rina movió las patitas. ¡Y nadó! Primero un poquito, luego otro poquito.

—¡Mamá, nado! ¡Croa! —gritó feliz.

Nadó hasta un lirio amarillo. Luego de vuelta con mamá. El agua la sostenía, no la dejaba caer.

—¡Muy bien, hijita! —la felicitó mamá.

Rina nadó todo el día. Se zambullía tras insectos, paseaba en hojas y jugaba con otras ranitas.

Al atardecer, se sentaron juntas en la orilla. El sol se ponía, el agua se volvía rosada.

—Mamá, ¿mañana volveremos a nadar? —preguntó Rina.

—Claro que sí —dijo mamá, abrazándola.

Rina cerró los ojos. Soñó que nadaba en aguas tibias bajo las estrellas.