El colobocho que rodó al bosque

Érase una vez un abuelito y una abuelita que vivían en una casita al borde del bosque. Un día, la abuelita amasó con la última harina que encontró en la despensa y horneó un colobocho redondo, doradito y con una corteza crujiente que olía a pan fresco.

Puso la abuelita el colobocho en la ventana para que se enfriara. Pero el colobocho, de tanto estar quieto, de repente ¡hop! se dejó caer al camino. Y empezó a rodar hacia el bosque, porque tenía muchas ganas de ver el mundo.

Rodando entre los árboles, se encontró con un lobo grande y gris. El lobo lo olió y dijo: —¡Qué bonito y qué rico estás! ¡Te voy a comer!

Pero el colobocho respondió: —No me comas, lobito. Soy muy pequeño y no te llenaré. Escucha mejor mi canción.

Y cantó alegre: —Soy el colobocho dorado, en el horno me he horneado. Rodé hasta el bosque, porque quiero ver qué hay aquí y quién vive.

El lobo sonrió y dijo: —Cantas muy bien. Sigue rodando, que otros te escuchen. Y se fue por su camino.

El colobocho siguió rodando. De pronto, salió de unos arbustos un oso grande y marrón, con patas peludas. Al ver al colobocho, dijo: —¡Oh, qué dorado estás! Tengo hambre y te comeré.

Pero el colobocho cantó rápido su canción: —Soy el colobocho dorado, en el horno me he horneado. Rodé hasta el bosque para ver el mundo.

El oso se rascó la oreja y dijo: —Qué canción tan alegre. No te haré daño. Rueda adonde quieras. Y se fue a su cueva.

El colobocho rodó por el sendero del bosque. Entonces, de detrás de un árbol salió una zorra rojita, de cola esponjosa. La zorra se paró y dijo suavemente: —Ay, colobocho, qué hermoso eres. Cántame tu canción, que me encanta escuchar.

El colobocho se alegró de que alguien quisiera oírlo y cantó más fuerte: —Soy el colobocho dorado, en el horno me he horneado. Rodé hasta el bosque para ver el mundo.

Pero la zorra dijo: —Ay, soy viejita y oigo mal. Rueda más cerca, por favor.

El colobocho iba a acercarse, pero recordó que la abuelita le decía al abuelito: “Hay que tener cuidado con los desconocidos”. Y entonces entendió que la zorra quizá quería engañarlo.

—No, zorrita —dijo el colobocho—. Ya es hora de volver a casa. La abuelita y el abuelito deben estar preocupados.

Y rápidamente rodó de vuelta por el mismo camino hasta la casita. ¡Qué alegría cuando la abuelita y el abuelito lo vieron! Lo pusieron en la mesa y tomaron té juntos.

Desde entonces, el colobocho vivió en la casita calentita. Y cuando quería aventuras, se asomaba a la ventana y recordaba a sus amigos del bosque: el lobo, el oso y la astuta zorra.