La gallinita de las plumas pintadas

Érase una vez un abuelito y una abuelita que vivían en una casita pequeña. Con ellos vivía una gallinita muy bonita, de plumas pintadas, blancas y marrones, como si alguien las hubiera dibujado con cariño.

Una mañana, la gallinita estaba en su nido, sobre la paja blanda. De repente, ¡pío, pío, pío! —puso un huevo. Pero no era un huevo cualquiera: ¡era de oro! Brillaba como el sol, y daba tanta luz que casi hacía cerrar los ojos.

La gallinita salió del gallinero y cantó:
—¡Cocorocó! ¡Abuelito, abuelita, venid a ver!

El abuelito se acercó, vio el huevo de oro y se puso muy contento. Lo cogió con las manos, golpeó suavemente con un dedo… nada. Apretó un poquito más… tampoco. El abuelito forcejeó, sudó un poco, pero el huevo seguía entero.

La abuelita también quiso probar. Dio unos golpecitos con una cuchara, luego un golpecito más fuerte… ¡Ay, qué duro! El huevo ni se movió.

El abuelito y la abuelita se sentaron en el banco, tristones.
—Es tan bonito, pero no sabemos qué hacer con él —suspiró la abuelita.
—Me gustaría hacer una tortilla o un bizcocho —dijo el abuelito.

Y los dos lloraron un poquito, no de pena, sino de no saber qué hacer.

Justo entonces, por el suelo, pasaba corriendo un ratoncito gris, de bigotes finos y colita larga. Iba tan deprisa que no vio el huevo de oro en el borde de la mesa. ¡Zas! —el ratoncito rozó la pata de la mesa con el rabo. El huevo se tambaleó, rodó y ¡cataplum! —cayó al suelo. Se rompió en mil pedacitos y saltaron chispitas doradas por todas partes.

El abuelito y la abuelita se echaron a llorar, pero esta vez de la sorpresa.

Entonces la gallinita de las plumas pintadas se acercó a ellos, inclinó la cabeza y dijo muy quedito:
—No lloréis, queridos. Yo os pondré otro huevo. No será de oro, será blanco y normal. Con él podréis hacer tortilla o bizcocho.

El abuelito y la abuelita se secaron las lágrimas, sonrieron y acariciaron las suaves plumas de la gallinita.

A la mañana siguiente, la gallinita puso un huevo blanco. La abuelita lo coció, y todos desayunaron juntos: el abuelito, la abuelita y la gallinita, que picoteaba granitos a su lado.

Y todos fueron felices.