Érase una vez un abuelito que vivía en una casita con un huerto. Una mañana de primavera, cogió su pala, salió al huerto y plantó una semillita de nabo.
El sol calentaba, la lluvia regaba, y el nabo empezó a crecer. Primero asomó una hojita verde, luego otra, ¡y otra más! Y bajo tierra, el nabo se hacía cada vez más grande.
Llegó el otoño. El abuelo fue al huerto y se quedó boquiabierto: ¡el nabo había crecido tan grande que sus hojas le llegaban a la rodilla! Agarró las ramas con las dos manos y empezó a tirar. Tira que tira, pero el nabo no se movía ni un poquito.
— ¡Abuela, ven aquí! — llamó el abuelo.
Llegó la abuela, se agarró al abuelo, y los dos tiraron juntos. Tira que tira, con todas sus fuerzas, pero el nabo seguía bien firme en la tierra.
— ¡Nieta, ayúdanos! — gritó la abuela.
Llegó la nieta, se agarró a la abuela. ¡Ahora eran tres! Tiran que tiran, pero el nabo no cedía.
— ¡Perrito, corre! — llamó la nieta.
Llegó el perro y se agarró a la nieta. Todos juntos, a tirar. Tira que tira, el nabo se movió un poquito, pero no salía.
— ¡Gatita, ven rápido! — llamó el perro.
Llegó la gatita y se agarró al perro. ¡Cinco ya! Tiraban todos, sudando, pero el nabo apenas se movía.
De pronto, de detrás de una piedra, salió un ratoncito muy pequeño.
— ¡Yo también quiero ayudar! — chilló con su vocecita.
El ratón se agarró a la gatita con sus patitas diminutas. Y justo cuando se unió, ¡zas! El nabo empezó a salir de la tierra. Un poco más, y ya estaba fuera, redondo, amarillo y hermoso.
Todos cayeron sobre el pasto y se echaron a reír. El abuelo acarició al ratón en la cabeza:
— Gracias, pequeña ayudante.
Esa noche, toda la familia se sentó a la mesa y disfrutó de una rica sopa de nabo. Y el ratón recibió el trozo más grande, porque aunque era chiquito, había ayudado muchísimo.