En un lejano cielo, donde cada estrella tiene su nombre, vivía Mila, la más pequeña de todas. Pero Mila era la más curiosa.
Una noche, Mila se acercó a la Estrella Mayor y preguntó:
—¿Los niños de la Tierra también duermen de noche?
—¡Claro que sí! —sonrió la Estrella—. ¿Quieres verlo?
Mila tembló de alegría y soltó millones de chispitas.
Voló por el espacio oscuro, pasó la Luna y bajó, bajó. Vio una ventana. Dentro, un niño en su cuna. Mamá le dio un beso en la frente y cantó bajito.
Mila escuchó. La canción era suave como el viento.
Voló a otra ventana. Una niña abrazaba a su osito de peluche. Papá le leía un cuento de la Luna. La niña bostezó y cerró los ojos.
Mila sintió un calorcito en su interior.
En la tercera ventana, un bebé dormía. La abuela le arropó y le acarició la cabeza. Una lamparita daba luz suave.
Mila se acercó al cristal. De repente, el bebé sonrió dormido.
—¿Me habrá visto? —pensó Mila.
Recordó su planeta. Allí todo era bonito, pero distinto. No había canciones calladitas, ni besos de buenas noches, ni manos que arropan.
Mila voló de ventana en ventana. En todas, niños dormían: unos rápido, otros despacio. Pero al lado de cada uno, alguien querido.
Vio cien ventanas. En cada una, una nana distinta, una manera de decir "buenas noches".
Cuando Mila regresó, la Estrella Mayor preguntó:
—¿Qué tal?
—Bien —respondió Mila bajito.
Se colocó entre las otras estrellas y brilló con una luz suave. Ahora, cuando brilla de noche, sabe que allá abajo, en la Tierra, un niño se duerme en brazos de mamá, otro escucha un cuento de papá, y otro simplemente siente que no está solo.
Mila brilló un poquito más que antes. Porque en su luz había algo nuevo: un pedacito de la ternura que vio en las ventanas.
Y los niños en la Tierra, mirando al cielo antes de dormir, la ven: una estrellita que brilla con especial calidez.