En un jardín de flores vivía una pequeña hada llamada Estrella. Tenía alas azules y una varita dorada. Cada día, Estrella movía su varita: las flores florecían, las mariposas bailaban y la lluvia regaba los macizos.
Una mañana, Estrella se despertó y no encontró su varita. Buscó bajo las hojas, entre los pétalos, junto al arroyo… ¡No aparecía por ningún lado!
—¡Ay, qué apuro! —suspiró Estrella—. ¿Cómo voy a ayudar ahora?
Se sentó en una margarita y casi se echó a llorar. De repente, oyó una vocecita:
—¡Ayúdame, por favor!
Era una abejita llamada Zumbi. Se había enredado en una telaraña.
—Pero no tengo mi varita —murmuró Estrella.
—¡Tienes tus manos! —dijo Zumbi.
Estrella, con mucho cuidado, rompió la telaraña con sus dedos. Zumbi salió volando, feliz.
Al poco llegó el conejo Orejitas.
—Estrella, mis conejitos tienen sed, pero el cubo se cayó al pozo.
—Sin varita no sé hacer nada —suspiró el hada.
—No hace falta saber, solo intentarlo —sonrió Orejitas.
Estrella agarró la cuerda y tiró. ¡Uno, dos, tres! ¡El cubo subió! Los conejitos bebieron y brincaron de alegría.
Después llegó la mariposa Colorín.
—Estrella, mis flores se marchitan sin agua.
El hada pensó. Encontró una hoja grande, la llenó de agua del arroyo y la llevó a las flores. Pesaba un poco, pero lo consiguió. Las flores levantaron la cabeza y brillaron.
Al anochecer, todos los habitantes del jardín se reunieron junto a Estrella.
—¡Gracias! —dijeron.
—Pero no hice nada mágico —se asombró el hada.
—¡Hiciste lo mejor! —zumbó Zumbi—. Ayudaste con tus manos y con el corazón.
Entonces, algo brilló en la hierba. ¡Era la varita dorada! Estrella la recogió y sonrió. La varita en su mano parecía ahora muy ligera.
Y el hada voló a su casa. La luna se filtraba entre las hojas, el jardín estaba en silencio y paz. Estrella puso la varita junto a su camita y cerró los ojos. Soñó que llevaba de la mano a una pequeña abeja, y las dos se reían.