Había una vez un niño llamado Ivasik. Tenía los ojos brillantes como castañas y una sonrisa que alegraba a todos. Sus padres lo querían mucho.
Un día, papá y mamá fueron al campo a cosechar trigo. Antes de irse, le dijeron:
—Hijo, quédate en casa. No salgas. Si te aburres, juega en el patio, pero no cruces la puerta.
Ivasik asintió. Primero jugó con sus juguetes, luego dibujó un caballo. Pero afuera los pájaros cantaban tan bonito y el sol brillaba tanto que no pudo resistirse. Salió y corrió hasta el arroyo.
Junto al arroyo, una serpiente astuta lo espiaba. Con voz dulce, lo llamó:
—¡Ivasik! Ven, te daré un paseo en mi bote.
Ivasik vio un bote de madera decorado con flores.
—¿Me llevarás de vuelta a casa? —preguntó.
—¡Claro! —sonrió la serpiente—. Solo un poquito.
Ivasik subió al bote. La serpiente lo empujó y el bote se alejó, hasta llegar a un gran río. Ivasik se asustó y gritó:
—¡Llévame a casa!
Pero la serpiente reía. El bote llegó a un bosque oscuro, donde había una vieja choza. Allí vivía la serpiente.
—Ahora te quedarás conmigo y me ayudarás —dijo.
Ivasik estaba triste, pero no tenía otra opción.
Mientras tanto, sus padres volvieron del campo y no lo encontraron. Lo buscaron por todo el pueblo y el bosque, pero no había rastro. Se sentaron y lloraron.
Pasaron semanas. Ivasik extrañaba su hogar. Cada día iba a la orilla del río y cantaba:
—¡Cisnes blancos, volad, a mi casa me llevad! Mamá y papá me esperan, ¿ya no me querrán?
Un día, una bandada de cisnes blancos escuchó su canción y bajó a la orilla.
—¿Por qué estás triste, niño? —preguntó el cisne más viejo.
Ivasik contó su historia. El cisne dijo:
—No te preocupes. Te ayudaremos. ¡Sube a nuestras espaldas!
Ivasik se subió. Los cisnes volaron alto, sobre bosques, campos y lagos. Todo se veía pequeño desde el cielo.
La serpiente volvió a casa y no encontró a Ivasik. Corrió a la orilla gritando:
—¡Ivasik, vuelve! ¡Te atraparé!
Pero los cisnes volaban rápido. La serpiente corrió hasta cansarse y se quedó atrás. Los cisnes llegaron al pueblo de Ivasik.
Aterrizaron frente a su casa. Ivasik saltó y corrió a los brazos de sus padres.
—¡Hijo! —gritó mamá, abrazándolo fuerte.
—¿Dónde estabas? —preguntó papá.
Ivasik contó todo: la serpiente, el bote, los cisnes.
—Gracias, pájaros —dijeron los padres, inclinándose.
Los cisnes agitaron sus alas y volvieron al cielo. Ivasik les dijo adiós con la mano.
Desde entonces, Ivasik nunca más salió sin permiso. Por las noches, miraba al cielo esperando ver a sus amigos los cisnes. Y cuando los veía, salía al patio y les hacía una reverencia. Ellos respondían con un alegre canto.
Y así vivieron felices: Ivasik con sus padres, y los cisnes blancos volando siempre en el cielo.