Bimba, la pequeña motorista

En una habitación de juegos vivía una pequeña motorista roja. Se llamaba Bimba.

Cada día, Bimba miraba por la ventana. Veía la gran ciudad. Pasaban autobuses grandes. Pasaban trolebuses verdes. Pasaban taxis rápidos.

—Ay, ¡cómo me gustaría recorrer toda la ciudad! —soñaba Bimba.

Pero era solo una motorista de juguete. Solo podía rodar por la habitación.

Una mañana, el niño Max la cogió para dar un paseo. La metió en su mochila. Y se fueron.

Bimba asomaba la cabeza desde la mochila. Vio un parque con árboles altos. Vio una plaza con una fuente. Vio una tienda con un letrero de colores.

—¡Viva! ¡Estoy recorriendo la ciudad! —se alegraba Bimba.

Max la sacó junto al arenero. Bimba rodó sobre la arena. Luego Max la llevó a un banco donde una abuela contaba un cuento. Bimba escuchó.

Después, entraron en una panadería. Olía a pan recién hecho. Bimba vio techos altos y grandes escaparates.

Pasaron junto a la biblioteca. Junto al hospital. Junto al jardín de infancia.

—¡Cuántas cosas! —pensaba Bimba—. ¡La ciudad es enorme!

Por la noche, Max trajo a Bimba a casa. La puso en la estantería junto a la ventana.

Bimba miró a la calle. Vio la misma plaza. La misma tienda. El mismo parque.

—¡He estado allí! —susurró Bimba a los otros juguetes—. ¡He recorrido la ciudad!

Ahora sabía lo que había tras la ventana. Sabía dónde estaba el parque. La fuente. La panadería con su pan fragante.

Max apoyó la cabeza en la almohada. Bimba estaba en la estantería y sonreía en silencio.

La ciudad se dormía. Las luces se encendían una a una. Y la pequeña motorista roja Bimba era feliz.

Cerró sus faros-ojos. Y también se durmió.