Tractocito Timo y la cosecha dorada

Al borde del bosque, junto a un campo grande, vivía un tractorcito azul llamado Timo. Estaba en su cobertizo y miraba por la ventanita el trigo dorado.

Cada mañana, el granjero Alejandro salía al campo y decía:
—¡Ay, qué cosecha más grande este año! Hay que recogerla rápido, antes de que lleguen las lluvias.

Timo quería ayudar muchísimo. Pero era pequeño, y las cosechadoras eran grandes y fuertes. El granjero siempre llevaba las máquinas grandes al campo.

Una mañana, Timo oyó voces:
—¡La cosechadora se ha roto! ¿Qué hacemos?

Timo salió del cobertizo. Su pintura azul brillaba al sol.
—¡Brrum-brrum! ¡Yo ayudo! —ronroneó su motor.

El granjero Alejandro se rió:
—Eres pequeño, Timo. Te va a costar trabajo.

Pero Timo se fue al campo. Tiró de un carrito, luego de otro, llenos de trigo dorado. Con sus rueditas chicas, pero sin parar. Cuando el sol subió bien alto, Timo ya había hecho cinco viajes.

Al mediodía, dos niñas vecinas, Elena y Lucía, llegaron corriendo:
—¡Mira, el tractorcito está trabajando! ¡Vamos a ayudarle!

Recogían las espigas que caían del carrito y las apilaban con cuidado. Luego llegó el abuelo Juan con una pala, y la abuela Ana trajo un rastrillo.

Al atardecer, todo el campo estaba recogido. El grano formaba un montón dorado que llegaba hasta el techo del granero.

El granjero Alejandro acarició el capó caliente de Timo:
—Tú empezaste, Timo, y todos vimos que hay que ayudar.

Esa noche, Timo estaba en su cobertizo. Su motor se enfriaba despacio. Por la ventana brillaba la luna, y en el granero olía a pan recién hecho: la abuela Ana ya había horneado la primera hogaza con el nuevo trigo.

Timo cerró los faros y se durmió. Soñó con el campo, ahora vacío, listo para dormir en invierno. Y en el cobertizo hacía una calorcito muy rico.