El lobezno Gris y la canción del bosque

Junto a un viejo roble, en una madriguera bajo las raíces, vivía un pequeño lobezno llamado Gris. Tenía el pelo gris, las orejas puntiagudas y unos grandes ojos marrones.

Cuando Gris salía de su casa, todos los animales huían. Las ardillas saltaban a las ramas más altas. Los conejos se escondían entre los matorrales. Hasta los pájaros se callaban.

—¿Por qué todos se van cuando yo llego? —preguntaba triste a su abuela Loba.
—Porque eres un lobo, hijo. Siempre nos han tenido miedo —respondía la abuela.

Gris no quería asustar a nadie. A él le encantaba escuchar el canto de los pájaros, el susurro de las hojas y el murmullo del arroyo.

Una tarde, Gris se sentó en el claro del bosque y empezó a cantar bajito. Intentaba imitar la melodía que había oído por la mañana a un cuco.

—Cucú, cucú —cantaba el lobezno.

Detrás de un árbol, una ardillita llamada Pelirroja asomó la cabeza. Escuchaba inclinando la cabeza.

—¿Eres tú quien canta? —preguntó sorprendida.

Gris se asustó y quiso correr, pero Pelirroja no se fue. Se acercó despacio.

—¡Conoces la canción del cuco! —dijo la ardilla—. Y yo conozco la canción del viento. ¿Quieres que te la enseñe?

Así estuvieron juntos hasta la puesta de sol. Pelirroja le enseñó a Gris cómo silba el viento entre los pinos. Gris le enseñó cómo retumba el trueno.

A la mañana siguiente, junto al viejo roble se reunieron los demás animales. Habían oído una música extraña: era Gris y Pelirroja cantando juntos las voces del bosque.

Se unió el carbonero Gorjeo. Luego el conejo Orejitas. Hasta el viejo erizo Espinín llegó para escuchar.

—¡Hagamos una orquesta del bosque! —propuso Gris.

Y cada atardecer, los animales se juntaban en el claro. Cada uno traía su melodía. Las ardillas chasqueaban nueces. Los conejos golpeaban con sus patitas. Los pájaros trinaban. Y Gris unía todas las voces en una gran canción.

El bosque se llenó de música. Ahora, cuando el lobezno salía de su madriguera, nadie huía. Al contrario, todos corrían hacia él.

Esa noche, cuando la luna salió sobre el claro, Gris estaba tumbado junto a su abuela Loba. Oía a lo lejos la orquesta del bosque.

El lobezno sonrió y cerró los ojos. En la oscuridad, las hojas susurraban como si el bosque le cantara una nana.