En el bosque vivía un erizo muy pequeño. Se llamaba Pinchín.
Una noche, Pinchín se acostó en su camita blanda. Cerró los ojos. Movió las patitas.
Pero no podía dormir.
Se levantó y miró por la ventana. Afuera brillaba una estrellita.
—Mamá, no tengo sueño —chilló Pinchín.
Mamá erizo se acercó a él.
—Cierra los ojitos, hijo —dijo ella.
Pinchín volvió a acostarse. Cerró los ojos. Movió el hociquito.
Pero no podía dormir.
Se levantó y escuchó. En el bosque susurraban las hojas.
—Mamá, todavía no tengo sueño —chilló Pinchín.
Mamá le acarició el lomo espinoso.
—Quédate quietecito, pequeño —susurró ella.
Pinchín volvió a acostarse. Cerró los ojos. Movió las orejitas.
Pero no podía dormir.
Se levantó otra vez. Tenía los ojos bien abiertos.
—Mamá, ¿por qué no me duermo? —preguntó Pinchín.
Mamá sonrió. Se sentó junto a la cama.
—¿Qué tal si te canto una canción? —dijo.
Pinchín asintió.
Mamá empezó a cantar muy bajito:
—Duérmete, erizo pequeño,
duérmete, cierra los ojos.
Las estrellas brillan ya,
la luna brilla en el cielo.
Pinchín escuchaba la voz de mamá. Era cálida y suave.
Sus ojitos se volvieron pesados. Bostezó.
Mamá siguió cantando:
—Duérmete, erizo de amor,
duérmete, el sueño ya viene.
El bosque se duerme, el roble también,
todo descansa en paz.
Pinchín cerró los ojos. Sus patitas se relajaron.
Mamá cantaba cada vez más bajo.
Los ojos de Pinchín se cerraron del todo. Respiraba suave y tranquilo.
Mamá terminó la canción. Le dio un beso en el hocico.
Pinchín dormía plácidamente.
Mamá salió de la habitación en silencio. La estrellita parpadeó.
En la casita del bosque reinaba la paz. El pequeño erizo dormía y tenía dulces sueños.