Había una vez un viento pequeñito. Se llamaba Susurrón.
Cada noche, Susurrón volaba hasta el campo. Allí crecían flores amarillas, azules y blancas.
—Tili-lili —cantaba Susurrón.
Soplaba suavecito. Las flores se mecían. A un lado y al otro, al otro y a un lado.
—Duérmete ya —susurraba el viento.
Una noche, Susurrón vio una margarita muy chiquita. Estaba solita, al lado de una piedra grande.
—¿Qué te pasa, pequeña? —preguntó Susurrón.
—Tengo miedo de la oscuridad —dijo la margarita muy bajito.
Susurrón se acercó. Sopló sus pétalos blancos.
—Tili-lili —cantó el viento su canción.
La margarita se movió. Un poquito. Muy poquito.
—Estoy aquí, cerquita —susurró Susurrón—. Yo arrullo a todas las flores. Mira.
Voló hasta un aciano azul. El aciano asintió.
—Duérmete ya —cantó.
Luego fue con los dientes de león amarillos. Se mecieron todos.
—Tili-lili, duérmete ya.
Volvió con la margarita.
—¿Ves? A todas las acuno. Y a ti también.
Susurrón sopló muy suave. La margarita se meció a la derecha. Luego a la izquierda. Luego a la derecha otra vez.
—Me gusta —susurró ella.
—Cierra tus ojitos —dijo Susurrón bajito.
La margarita cerró sus pétalos.
Susurrón cantaba su canción. Daba vueltas alrededor de la piedra. Soplaba el tallito. Acariciaba las hojas.
—Tili-lili, duérmete ya. Tili-lili, duérmete ya.
La margarita se mecía. Más despacio. Despacito.
En el cielo aparecieron las estrellas. Miraban desde arriba y sonreían.
—Buenas noches, margarita —susurró Susurrón.
La margarita ya dormía. Sus pétalos estaban cerrados. Su tallo se movía muy despacio.
Susurrón voló más lejos. Arulló a otras flores. Les cantó su canción. Todas se durmieron.
Y la margarita, al lado de la piedra grande, durmió tranquila hasta la mañana. Soñó un sueño calentito. Y en ese sueño, el viento Susurrón cantaba su canción.
—Tili-lili, duérmete ya…