Arriba, en el cielo, vivía una nubecita pequeña. Se llamaba Algodoncita.
Era blanca y esponjosa, como un algodón de azúcar. Le encantaba jugar con el viento y mirar la tierra.
De día, Algodoncita volaba, cantaba canciones y bailaba. Pero cuando el sol empezaba a esconderse, veía abajo: los niños volvían a casa. Los pajaritos volaban a sus nidos. Los conejitos saltaban a sus madrigueras.
—Todos se preparan para dormir —pensaba Algodoncita.
Una tarde, Algodoncita vio a una niña junto a la ventana. La niña miraba al cielo y bostezaba.
—¡Ay, qué cansada está la niña! —susurró Algodoncita—. Hay que ayudarla a dormir.
Llamó a sus hermanitas las nubes:
—¡Venid aquí, rápido!
Llegó una nube. Luego otra. Y otra. Y muchas, muchas nubes más.
—¡Vamos a cubrir el cielo con una manta! —dijo Algodoncita.
Las nubes se pusieron juntas, se abrazaron unas a otras. Estiraron sus costados esponjosos y taparon todo el cielo azul.
Todo quedó en silencio. Todo quedó suave. Todo quedó acogedor.
La niña junto a la ventana sonrió:
—¡Qué manta más calentita en el cielo!
Cerró los ojitos y se durmió.
Algodoncita flotó despacito sobre la ciudad. Veía cómo se apagaban las luces en las ventanas. Cómo se dormían los niños en sus camitas.
—Dulces sueños —susurraba la nube.
Y cuando todos, todos, se durmieron, Algodoncita también cerró los ojitos. Se acostó en su camita de nube y se tapó con un borde de la manta.
Las nubes respiraban quedito. El viento se calmó. Las estrellas brillaban a través de los agujeritos de la manta de nubes.
Y todo el cielo, cubierto por la manta suave, arrullaba al mundo:
—Duérmete, duérmete…
Algodoncita sonreía mientras dormía. Soñaba que mañana, al amanecer, el sol la despertaría y ella volvería a volar y jugar. Y al atardecer, otra vez cubriría el cielo con su manta calentita.
Porque es tan acogedor cuando todos duermen bajo la suave manta de nubes.