Había una vez un gatito pequeño, de pelaje gris con manchas blancas y nariz rosada. Se llamaba Murci y le encantaba perseguir mariposas.
Una mañana, Murci vio una mariposa colorida que volaba hacia el bosque. ¡Y salió corriendo tras ella! Saltaba y saltaba entre la hierba alta.
La mariposa volaba cada vez más lejos, y Murci corría y corría. De repente, la mariposa desapareció.
El gatito miró a su alrededor. Sólo veía árboles muy altos. El sol se había escondido tras las nubes.
—¡Miau, miau! —llamó Murci.
Nadie respondió.
Murci se sentó bajo un roble. Estaba triste y solo.
Cayó la tarde. De entre unos arbustos asomó un erizo pequeñito.
—¿Por qué lloras? —preguntó el erizo, que se llamaba Pinchitos.
—Me he perdido —dijo Murci—. No sé dónde está mi casa.
—No tengas miedo —dijo Pinchitos—. Vamos a ver a la sabia lechuza.
Y echaron a andar por un sendero. Ya era de noche. Murci caminaba muy cerca de Pinchitos.
En lo alto de un árbol estaba la lechuza Sabina, con sus grandes ojos redondos.
—Por favor, ayúdenos —pidió Pinchitos—. Murci no encuentra el camino a casa.
Sabina miró al cielo.
—¿Veis esa estrella tan brillante? —dijo señalando—. Alumbra sobre el pueblo. Id hacia ella.
—Pero… tengo miedo a la oscuridad —susurró Murci.
—¡Yo te acompañaré! —dijo Pinchitos.
—Y yo volaré delante —añadió Sabina—. Os guiaré.
Y se pusieron en marcha. Sabina volaba sobre ellos. Pinchitos iba al lado de Murci. El gatito ya no tenía miedo.
Caminaron y caminaron. Murci miraba la estrella, que brillaba cada vez más.
De pronto, entre los árboles, aparecieron unas luces. ¡Era el pueblo!
—¡Conozco esta calle! —se alegró Murci—. ¡Allí está mi casa!
Junto a la puerta estaba su dueña, que lo buscaba.
—¡Murci! —exclamó—. ¿Dónde te habías metido?
Murci abrazó a Pinchitos y dio las gracias a Sabina. Luego corrió hacia su dueña.
En casa le esperaban una manta caliente y un cojín suave. Su dueña le sirvió leche en un platito.
Murci bebió la leche, se hizo una bolita y cerró los ojos. Afuera, su estrella brillaba en el cielo. Y en el bosque dormían sus amigos: Pinchitos bajo las hojas y Sabina en su rama.
El gatito ronroneaba bajito y sonreía mientras soñaba.