En la orilla helada vivía un pequeño pingüino llamado Pip. Era suave y esponjoso, pero le tenía mucho miedo al agua fría. Todos los demás pingüinos saltaban y nadaban felices, pero Pip se quedaba temblando en el borde.
—¡El agua está tan fría! —susurraba Pip—. ¡Pica las patitas!
Su mamá le decía: «Salta, hijito, allí dentro hay cosas maravillosas». Pero Pip se escondía detrás de un bloque de hielo.
Un día, la vecina, doña Cua, puso su huevo a calentarse al sol. El huevo estaba cerca del agujero en el hielo. De repente, ¡plop!, el huevo rodó hasta el agua.
—¡Ay, ay, ay! —gritó doña Cua—. ¡Mi huevo se hunde!
Todos se quedaron quietos: el agua estaba muy fría, nadie se atrevía a saltar. Y el huevo ya flotaba en el agujero.
Pip miró el huevo. Era pequeño, indefenso. Y de repente, Pip olvidó su miedo. Corrió, cerró los ojos y ¡se lanzó!
El agua quemó sus alitas, pero Pip movió las patas con fuerza. Se sumergió, atrapó el huevo con el pico y volvió a la superficie.
—¡Bien hecho! —gritaron todos.
Doña Cua cogió el huevo y besó a Pip en su mojado pico. Pip estaba empapado, pero feliz. El agua ya no le parecía tan fría. ¡Hasta era agradable!
Pip miró el agujero, sonrió y dijo bajito:
—Lo he conseguido.
Y nunca más volvió a tener miedo.