Había una vez un conejito llamado Golosín y un erizo llamado Pinchito. Eran los mejores amigos del mundo.
Un día, encontraron debajo de un roble una manzana grande y roja. ¡Qué bonita y qué bien olía!
—¡Es mía! ¡Yo la vi primero! —gritó Golosín.
—¡No, mía! ¡Yo la toqué primero! —gritó Pinchito.
Se pelearon, patalearon y hasta se empujaron un poquito. La manzana rodó, rodó y cayó al río.
Los animalitos se pusieron muy tristes. Se sentaron en la orilla y se echaron a llorar.
De repente, llegó una lechuza sabia.
—No lloréis, pequeños. Podéis hacer crecer muchas manzanas. Dentro de la manzana hay semillitas.
Golosín y Pinchito encontraron una semillita. Cavaron un hoyo, pusieron la semilla dentro y la regaron con agua.
Pasó un día, pasaron dos, pasó una semana. De la tierra salió un tallito verde.
Los animalitos lo cuidaron: lo regaban, lo protegían del viento. El tallito creció, creció y se convirtió en un árbol.
Una mañana, el árbol se llenó de flores blancas y luego… ¡de manzanas rojas!
Golosín y Pinchito cogieron dos manzanas. Una para cada uno, y una para el otro. Sonrieron y se las comieron juntos.
Y en el árbol quedaron muchas manzanas más, para todos los amigos del bosque.
Ahora, cuando alguien encuentra una manzana, se acuerdan de la semillita y dicen: «¡Vamos a plantarla juntos!»