La mariquita que perdió sus lunares

Había una vez una mariquita que se llamaba Solcito.

Solcito tenía unas alas rojas muy bonitas. Y muchos, muchos lunares negros.

Pero una mañana, Solcito se despertó y… ¡sus lunares no estaban! Buscó y buscó, pero no aparecían.

—¡Ay, ay! —lloró Solcito—. ¿Dónde están mis lunares? ¿Qué dirán mis amigos?

Solcito fue a buscar sus lunares.

Se encontró con el gatito Ronroneo.

—Ronroneo, ¿has visto mis lunares?

—No —dijo Ronroneo—. Pero eres preciosa aunque no tengas lunares.

Solcito movió la cabeza y siguió su camino.

Se encontró con el conejito Saltarín.

—Saltarín, ¿has visto mis lunares?

—No —dijo el conejito—. Pero me encanta jugar contigo porque eres buena. ¡Vamos a jugar!

Solcito suspiró.

—No puedo, tengo que encontrar mis lunares.

Siguió andando. Se encontró con el osito Trotón.

—Osito, ¿sabes dónde están mis lunares?

—No —gruñó el osito—. Pero todos te queremos, con lunares o sin ellos. ¿Quieres un poco de miel?

Solcito se paró. Pensó.

—¿De verdad me queréis? —preguntó.

—¡Sí! —gritaron todos sus amigos—. ¡Eres una mariquita buena! ¡Ayudas a todos!

Entonces Solcito sonrió. Se sintió muy calentita por dentro.

—Ya entiendo —susurró—. Yo soy yo. ¡Y sin lunares también soy yo!

De repente, Solcito sintió un cosquilleo en sus alas. Miró… ¡y los lunares volvían! Uno, dos, tres… ¡Todos los lunares estaban en su sitio!

—¡Bien! —gritaron los amigos.

Solcito abrazó a todos con sus alas.

—Gracias, amigos —dijo—. ¡Sois los mejores!

Y todos juntos se fueron a tomar té con miel. Solcito ya no se preocupó más por sus lunares. Sabía que sus amigos le querían tal como era.