El hámster Tito y el barquito roto

Bajo un viejo roble, en una madriguera chiquita, vivía un hámster llamado Tito. Le encantaba recoger bellotas, jugar al escondite y construir barquitos de corteza.

Una mañana, Tito llamó a su amigo, el conejo Orejitas.
—¡Mira el barco que hice! —dijo Tito muy orgulloso—. ¡Navega de verdad!

Los dos soltaron el barquito en el arroyo. Flotaba y se mecía con las olas.
—¡Déjame pilotar! —pidió Orejitas.
—Con cuidado —advirtió Tito.

Orejitas tomó el barco, pero tropezó con una piedra. El barquito cayó y se partió en dos.
—¡Rompiste mi barco! —gritó Tito—. ¡Lo hice todo el día!
—Lo siento, fue sin querer… —murmuró Orejitas.

Pero Tito se dio la vuelta y corrió a su casa. Se sentó en la madriguera, enfadado. Ni siquiera una nuez rica le alegraba.

Al anochecer, Tito salió. Junto al arroyo estaba Orejitas, con algo de madera en las patas.
—¿Qué haces? —preguntó Tito, sorprendido.
—Te hice un barco nuevo —dijo Orejitas en voz baja—. He estado todo el día. Mira, le puse una hoja de vela.

Tito miró el barquito. Estaba un poco torcido, pero con una vela verde preciosa.
—Y te traje frambuesas —añadió Orejitas—. Tus favoritas.

A Tito se le calentó el corazón. Recordó cómo juntos recogían bellotas la semana pasada, cómo se reían al caer en un charco, cómo Orejitas compartió su miel cuando él se resfrió.

—Te esforzaste de verdad —dijo Tito—. El barco es bonito.
—¿Entonces no estás enfadado? —preguntó Orejitas con cuidado.

Tito abrazó a su amigo.
—No. Yo tampoco debí gritar. Perdóname.

Los dos soltaron el barco nuevo en el agua. Navegó, y la vela verde ondeó al viento.
—Sabes —dijo Tito—, este barco es mejor. Porque lo lanzamos juntos.

Se quedaron en la orilla hasta que el sol se escondió tras los árboles. Luego Tito se fue a su madriguera y Orejitas a la suya.

Tito se acostó sobre la hierba suave. Afuera, las hojas susurraban. El hámster sonrió y cerró los ojos.