El conejito que ayudó al bosque a dormir

Había una vez un conejito que vivía en el bosque. Tenía orejas largas y una colita suave como algodón.

Una tarde, el sol se escondió detrás de los árboles. Se hizo de noche. La luna brillaba en el cielo.

—Es hora de dormir —dijo mamá coneja.

Pero el conejito vio que el bosque aún no dormía. La ardillita saltaba de rama en rama. ¡Pum, pum!

—Ardillita, ¿por qué no duermes? —preguntó el conejito.

—Busco mi nuez —respondió ella.

El conejito encontró la nuez debajo de un arbusto. La ardillita la cogió, dio las gracias y corrió a su hueco. Cerró los ojos. Se durmió.

El conejito siguió saltando. ¡Brum, brum!

Junto al arroyo estaba el erizo. Estaba triste.

—Erizo, ¿por qué no duermes? —preguntó el conejito.

—Tengo frío —respondió el erizo.

El conejito trajo musgo suave. El erizo se hizo una bolita sobre su camita caliente. Cerró los ojos. Se durmió.

El conejito siguió corriendo. ¡Top, top!

En el prado, los pajaritos piaban en el nido.

—Pajaritos, ¿por qué no dormís? —preguntó el conejito.

—Tenemos miedo a la oscuridad —respondieron.

El conejito trajo luciérnagas amarillas. Brillaron cerca del nido, como estrellitas. Los pajaritos se calmaron. Cerraron los ojos. Se durmieron.

Ahora el bosque estaba en silencio. La ardillita dormía en su hueco. El erizo dormía sobre el musgo. Los pajaritos dormían en el nido.

El conejito llegó a casa. Mamá coneja le acarició las orejas.

—Buenas noches, mi pequeño —susurró ella.

El conejito se acostó en la hierba mullida. Cerró los ojos. Se sintió tranquilo y calentito.

El bosque se durmió. Todos sus habitantes se durmieron. Y el conejito también se durmió profundamente.

La luna sonreía desde el cielo. Silencio, silencio.