La hoja paraguas

Había una vez un erizo que se llamaba Pinchito. Tenía tantas púas como un cactus y siempre andaba de mal humor.

También vivía una ardilla llamada Pelusa. Saltaba de rama en rama y no paraba de reír.

Un día, Pinchito encontró una bellota enorme debajo de un roble. Iba a guardarla en su madriguera cuando, ¡zas!, Pelusa la cogió.

—¡Es mía! —gruñó el erizo.
—¡No, mía! —rio la ardilla.

Empezaron a discutir. Pinchito erizó las púas. Pelusa movió la cola. La bellota rodó por la hierba… y desapareció.

—¡Lo ves! —se enfurruñó el erizo.
—¡Yo lo he visto! —se quejó la ardilla.

Se dieron la espalda. Pinchito se fue hacia la izquierda; Pelusa, hacia la derecha.

De repente, el cielo se oscureció. ¡Bum! —tronó un trueno. Pelusa se asustó y se encogió en una rama. Cayeron las primeras gotas.

Pinchito correteó nervioso. Solía esconderse bajo un viejo tronco, pero ahora estaba lleno de agua.

—¡Ay, ay, ay! —chilló.

Cerca de allí, unas hojas se movieron. Una enorme hoja de bardana se inclinó hacia el suelo. ¡Debajo estaba seco!

Pelusa también vio la hoja y saltó hasta allí. Se encontraron bajo el mismo refugio.

—¿Tú también? —se sorprendió el erizo.
—Sí —susurró la ardilla.

El trueno retumbaba, la lluvia caía, pero bajo la hoja estaban a salvo. Pinchito se arrimó a Pelusa. Ella era suave y calentita. La ardilla puso su cola sobre el lomo espinoso del erizo.

—¿No tienes miedo? —preguntó Pinchito.
—No. ¿Y tú?
—Yo tampoco. Porque estás aquí.

Se quedaron escuchando cómo goteaba la lluvia. Luego salió el sol. Las gotas sobre la hoja brillaban como cuentas de cristal.

Pelusa sacó una bellotita de su bolsillo.
—Toma. Es tuya —dijo tendiéndosela.

Pinchito sonrió.
—No. Mejor la partimos.

Compartieron la bellota y se fueron a jugar juntos. Y la vieja hoja de bardana se quedó allí, tiesa como un paraguas.