A la orilla de un estanque tibio vivía una pequeña tortuga llamada Tina. Tenía el caparazón verde y unas patitas muy chiquitas.
Una mañana, Tina vio algo raro en el agua. Era un pétalo blanco de una flor. Flotaba y brillaba bajo el sol.
—¡Qué bonito! —dijo Tina.
El pétalo siguió flotando. Tina lo siguió despacito, despacito. Toc, toc, toc.
De repente, llegó el viento. El pétalo voló alto, muy alto, hasta el cielo. Tina levantó la cabecita y miró.
—¿Adónde habrá ido? —se entristeció la tortuguita.
Cerca de allí, una rana vieja croó:
—No te apures. Esta noche, en el estanque, aparecerá una flor de estrellas. Es aún más hermosa. Solo hay que esperar.
—¿Y cuándo será de noche? —preguntó Tina.
—Pronto —respondió la rana.
Tina se sentó en una piedrita junto al agua. Esperó. El sol brillaba. Las mariposas volaban. Pero la flor de estrellas no llegaba.
Tina no se fue a jugar. Se quedó sentada, mirando al agua.
El sol se escondió detrás de los árboles. El cielo se volvió rosa, luego azul oscuro. En el cielo apareció la primera estrellita.
Tina estaba muy, muy quieta.
Y entonces… en el agua oscura apareció algo mágico. ¡Eran caminitos de luna! Brillaban y bailaban en las olas, como flores de luz de verdad.
—¡Ay! —susurró Tina.
Miraba y sonreía. La flor de estrellas era aún más bonita que el pétalo blanco. Titilaba y cambiaba, y parecía que en el estanque había florecido un prado de luz.
La rana croó quedito:
—¿Ves?
Tina asintió. Se sentía muy bien, muy tranquila.
Miró la flor de estrellas hasta que sus ojitos se volvieron pesados. Luego escondió la cabecita bajo el caparazón y se durmió sobre la piedra calentita.
Y la flor de estrellas siguió brillando en el agua, quieta y hermosa.